La Rioja
img
Autor: Mayte
Me acuerdo perfectamente
img
Mayte Ciriza | 06-09-2018 | 5:52| 0

“La verdad no es verdad”. Así se despachaba el exalcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, en un debate televisivo de máxima audiencia hace una semana defendiendo a Trump. Es un resumen perfecto de nuestro tiempo, es la síntesis de la época en la que vivimos, la de las fake news (fue palabra del año en inglés, según el Diccionario Oxford). Si la realidad se cuestiona, si lo que vemos y escuchamos no es verdad, si el presente se discute ¿qué no pasará con nuestros recuerdos, con el pasado?

A finales de los años 80 del siglo pasado, el padre de la psicología cognitiva, Ulric Neisser (lo recordaba un periódico nacional este fin de semana) hizo un experimento con sus alumnos en Estados Unidos: les preguntó, al día siguiente de explotar en pleno vuelo el transbordador espacial Challenger, qué estaban haciendo en ese momento. Fue un impacto enorme en la sociedad norteamericana. Tres años después, volvió a repetirles la misma pregunta y encontró que solo el 7 por ciento de las segundas respuestas eran iguales que las de tres años antes, y el 25 por ciento no coincidían en ninguno de los detalles importantes.

Y eso que se trataba de un suceso impactante, de los que se recuerdan toda la vida.  Es como si nos preguntaran en España qué estábamos haciendo cuando el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 o cuando los atentados de Atocha del 11 de marzo de 2004. Esos momentos y lo que estábamos haciendo al recibir la noticia quedan especialmente grabados en nuestra memoria.

El miedo estimula la memoria, en esa situación el tiempo se concentra y nos hace retener, de repente, una enorme cantidad de datos, que serán muy útiles si la situación se repite. Es una cuestión biológica, un mecanismo evolutivo, estamos programados así, nuestra supervivencia depende de ello. De la misma manera, en una situación relajada, nos acordamos menos de los detalles y el tiempo se alarga. Esto justifica que las malas noticias se leen y se recuerdan más. Y, claro, venden más.

Si incluso lo que se supone que se ha quedado grabado no lo recordamos bien, ¡qué calidad tendrá el recuerdo de hechos cotidianos o menos relevantes! Menos mal que nuestra memoria es selectiva y se queda con lo positivo. Aunque no hayan sido sucesos impactantes, esa excursión por los Picos de Europa, ese paseo por la playa de Torimbia, los quesos artesanos de los mercados en los pueblines de Asturias, el Camino de Santiago del Norte, la bajada en piragua del Sella, aquel pescado del Güeyumar, esas cenas con amigos, mi amigo Mariano imitando a Julio iglesias, esas interminables sobremesas de agosto con mis hijos y mi santo, eso sí es verdad y me acuerdo perfectamente.playatorimbia3

Ver Post >
Zoológico
img
Mayte Ciriza | 06-09-2018 | 5:46| 0

Estás tan tranquila en la playa, tumbada en la toalla, medio grogui, cuando empieza a colocarse al lado una familia al completo, con abuelos incluidos, cuya avanzadilla es un padre con  nevera. En cuanto veo a alguien con nevera me echo a temblar. En efecto, ponen a todo volumen el reggaetón, y entre gritos –no sé qué es peor, los gritos o el reggaetón- montan la mesa de camping, la sombrilla con publicidad de “Sanitarios Guzmán” y las sillas con estampado de flores, casi a juego con los tatuajes que cubren sus brazos, sus piernas, sus espaldas. La nevera encima de la mesa de camping, como si fuera la copa de la Champions en una vitrina. Mientras van montando el chiringuito, los chavales de la familia corren vociferando  al agua, y siguen gritando mientras se echan agua ruidosamente.

Me cambio de sitio. Aún no es muy tarde y todavía puedes elegir ubicación en la playa. Extiendo la toalla, estoy a punto de quedarme frita, cuando oigo, cercano, el sonido de los rastrillos y las palas golpeando los cubos. En efecto, varias familias se instalan justo al lado, los niños empiezan a dar saltos y a gritar, pero nada comparable con el entusiasmo de los padres que comienzan a radiar la construcción de túneles y torres con los cubos, mientras van salpicando de arena todo el entorno y cuentan a voz en grito anécdotas del colegio. Se ve que los críos van juntos a clase.

Vuelvo a cambiarme de sitio. Es una pareja la que se aproxima. No traen nevera ni cubos ni rastrillos. Vamos bien. Piensas que estás salvada. Pero sacan de repente unas palas de madera y una pelotita amarilla. No esperan, comienza el interminable toc, toc, toc, toc…Van buscando el récord, “a ver cuánto aguanto”, y pueden pasarse horas dale que te pego a las palas. A veces su pelota cae sobre ti, y él se acerca a recogerla musitando “perdón” mientras le reprocha a ella que por poco no han superado el récord. Y siguen con el martilleo de la pala y la pelotita, incansables.

Visto lo visto, te decides a dar un paseo por la orilla, pero se convierte en una carrera de obstáculos. Hay una especie humana que ha descubierto de forma inexplicable que si pone la silla justo en la orilla, donde llega el agua de las olas, eso tiene efectos especialmente beneficiosos. Tú que tan sólo pretendes caminar por la orilla, tienes que ir dando rodeos y adentrarte en la arena, ardiente, para sortearlos.

Pero me consuelo pensando que estos días no tengo que ir a ninguna entrega de premios, de esos que llenan la ciudad cada mes, con los mismos invitados, los mismos discursos y a veces hasta los mismos premiados. Ese es otro ecosistema con el que nos encontramos en septiembre. De momento estos días, en vacaciones, me distraigo con el zoológico playero.

1344633310_822603_1344633697_noticia_normal

Ver Post >
Los más listos
img
Mayte Ciriza | 06-09-2018 | 5:43| 0

Están jugando un partido de baloncesto, son chicos jóvenes en sillas de ruedas, alguno se cae con la silla, pero con extraordinaria agilidad vuelve a la posición original, luchan por el balón, encestan, chocan, juegan con pasión cada pelota y celebran cada canasta como si fuera la que decide una final. Al acabar el partido, todos se liberan de las correas que les sujetan a las sillas y salen caminando de la cancha. Todos menos uno, que tiene una discapacidad y sale de la pista en la misma silla de ruedas. En la siguiente escena están tomando unas cañas en un bar, sentados en torno a una mesa, se levantan a por las cervezas, excepto uno de ellos, que sigue en su silla de ruedas. Es el anuncio de una marca de cerveza.

El anuncio es buenísimo, magnífico, y más allá del mensaje publicitario implícito de que los amigos cuando están juntos toman una cerveza, es una historia entrañable de amistad. El que tiene que ir en silla de ruedas no puede jugar con sus amigos un partido de baloncesto habitual, así que sus amigos se ponen en silla de ruedas para poder jugar todos juntos el partido. Una muestra maravillosa de empatía y de bondad.

La palabra bondad no goza de buena prensa. En nuestra sociedad hay una exaltación de la competitividad despiadada, del maquiavelismo, del tanto tienes tanto vales. Pero la competitividad no está reñida con la bondad. Sostiene Rojas Marcos que la bondad es genética, que no es fruto de enseñanzas, religiones o mitologías, sino que es una capacidad genética para sobrevivir. La bondad es necesaria para convivir.

Los seres humanos, al ocuparnos de los que nos rodean, aseguramos nuestra supervivencia y la de nuestra especie. Claro que existe la maldad, pero la mayoría de las personas piensa, de forma más o menos consciente, que lo mejor que podemos hacer es ser buenos. Ser bueno no quiere decir ser blando, ingenuo o una persona sin carácter. Al contrario, las buenas personas tienen una gran personalidad, y transmiten energía, entusiasmo y optimismo.

Cuando somos buenos con los demás sentimos una íntima satisfacción que nunca se puede experimentar desde el egoísmo. Es decir, ser buenos nos hace más felices. Hay que reivindicar a Machado, cuando en su “Retrato” escribe: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, bueno en el sentido moral, es decir, buena persona, buen ciudadano, buena gente.  En España se asocia ser bueno con ser tonto, pero siempre el día a día nos demuestra que los más buenos son los más listos.

hqdefault

Ver Post >
Tener criterio
img
Mayte Ciriza | 06-09-2018 | 5:34| 0

Se podía leer hace unos meses que la Guía Michelín adjudicó por error una estrella a un pequeño restaurante francés de esos de menú del día a los que ibas sin tener que reservar siquiera mesa. De repente, una nueva clientela mucho más sofisticada que la habitual comenzó a desfilar por las mesas del establecimiento y a ponderar con entusiasmo la calidad de esa nueva estrella. Hasta que la Guía hizo público el error, se anularon las reservas y las cosas volvieron a la modesta rutina de siempre.

Este caso es un buen ejemplo de la falta de criterio que tantas veces sufrimos en la vida, haciendo nuestra la opinión de los demás. Calificamos como excelente una comida que nos ha parecido corrientita por el hecho de que el restaurante está de moda, o nos resignamos a decir que nos ha gustado esa película por el hecho de que el crítico de turno la ha alabado, cuando en realidad nos ha parecido un tostón.

Y no digamos nada si esto sucede en cuestiones de actualidad política. Ahí impera lo políticamente correcto, marcado por los clichés impuestos generalmente por los progres, que siempre se creen los más guays y en posesión de la verdad revelada. Esta opinión políticamente correcta lleva al pensamiento único. Al respecto, aún recuerdo una viñeta del inolvidable Forges, en la que un cirujano le dice a su paciente, que en lugar de cerebro tiene un agujero en la cabeza: “Aún tiene ínfimas partículas de ideas propias, caballero; pero el implante de pensamiento único ha sido un éxito”.

Un ejemplo de tener criterio y de no seguir la corriente de lo políticamente correcto, lo tuvimos hace unas semanas. El presidente de Francia, Macron, en el 78º aniversario del inicio de la Resistencia francesa frente a la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, saludaba al público cuando un joven se le acercó y le soltó de forma insolente un “¿Qué pasa, Manu?”. Lo políticamente correcto en nuestro país, para parecer colega y un tipo enrollado, hubiese sido seguirle el tono, pero Macron, que no tiene complejos, le regañó contestándole: “A mí me llamas señor presidente de la República o señor”, y siguió: “estás en una ceremonia oficial, así que te comportas como debe ser. Puedes hacer el imbécil, pero hoy hay que cantar La Marsellesa”. El chaval le contestó, de forma más respetuosa: “Sí, señor presidente”. Aquí Macron habría sido acusado de facha, que es el calificativo con el que se ventila lo que no es políticamente correcto.

¿Qué hacer para evitar caer en la tiranía progre del pensamiento único? Se trata de estar bien informados, de no escuchar ni leer siempre el mismo medio, de no tener miedo a expresar las propias ideas, de desarrollar la capacidad de pensar por nosotros mismos, de ser coherentes, de no dejarse llevar por los que más gritan o por la corriente mayoritaria por el hecho de serlo; en definitiva, se trata de tener criterio propio.file_20180619091516

Ver Post >
Eutanasia
img
Mayte Ciriza | 04-07-2018 | 6:16| 0

Se lanzó a las vías en cuanto oyó el sonido del metro, pero se adelantó unos segundos a la llegada y al joven que estaba a su lado en el andén le dio tiempo de lanzarse detrás de ella y empujarla a la otra vía salvándole la vida, justo cuando entraba en la estación la cabecera del convoy. El vídeo de las cámaras de la estación se pasó por todas las teles, y los medios entrevistaron al joven estudiante que, arriesgando su vida, había evitado el suicido de aquella mujer. Todos lo consideraron un héroe y todo el mundo valoró que había hecho lo correcto.

Estamos de acuerdo en que hay que evitar un suicidio y ayudar a la persona que lo intenta para aliviar su sufrimiento psicológico. En cambio, no existe ese gran acuerdo social cuando quien lo intenta tiene una enfermedad física. La semana pasada el Congreso de los Diputados ha aprobado la tramitación de un proyecto de ley para despenalizar la eutanasia en casos de enfermedad grave e incurable o discapacidad grave crónica. El de la eutanasia es un debate ético y moral que va más mucho allá de una mera posición partidista.

Hace un par de semanas pude estar en Vitoria, donde se celebraba el ‘Congreso Internacional de Cuidados Paliativos’, con el Dr. Eduardo Bruera, director de cuidados paliativos en el Anderson Cancer Center de Houston. El Dr. Bruera explicaba que cuando se está enfermo el apoyo a la eutanasia baja de forma radical. Una cosa, explica, es tomar posición al respecto cuando se está sano y otra muy distinta cuando se está enfermo, porque el enfermo lo que quiere es vivir, por encima de todo vivir. Y que la clave está en los cuidados paliativos.

Todos tenemos derecho a una muerte digna, a que no se prolongue de forma irracional y desproporcionada el proceso final de la vida, tenemos derecho a que se administren todos los tratamientos adecuados para paliar el sufrimiento y tenemos derecho a morir en paz. Pero una cosa es esto y otra la eutanasia, que es un fracaso social y médico ante la vida. La ética médica se basa en eliminar el dolor, curar la enfermedad y aliviar el sufrimiento, no en eliminar al paciente.

La eutanasia, además, acentúa la desigualdad social como decía este experto mundial: ‘Si se legaliza la eutanasia antes de tener los mejores cuidados paliativos para la mayoría de la población, estaremos favoreciendo la desigualdad social’. Porque los pacientes más vulnerables, con menos recursos o en peores circunstancias serían más propicios a solicitar la eutanasia para evitar el sufrimiento extremo. Además, ¿qué valores transmitiremos a nuestros hijos si les trasladamos que los enfermos o las personas con discapacidad no merecen la máxima protección de la sociedad? La solución es reforzar con más medios los cuidados paliativos y no la eutanasia.

image

Ver Post >