La Rioja
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El tsunami
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María Antonia San Felipe | 15-09-2017 | 22:52| 0

diadaA veces llegados a un punto del camino nos invade el desasosiego y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta ahí si nunca pensamos caminar tan lejos. Tengo la sensación de que con el asunto de Cataluña ocurre algo así. Bajo la presión de las noticias y en un clima de elevada crispación muchos ciudadanos se preguntan cómo es posible que nuestra convivencia esté a punto de despeñarse por el precipicio.

Estamos desconcertados, unos buscan culpables, otros van de víctimas y la mayoría esperan respuestas. Lo cierto es que no sirve ya mirar atrás porque quienes nos han traído hasta aquí no están valorando la magnitud de sus errores sino cómo salir indemnes de toda esta hecatombe. El pasado lunes se celebró la Diada con un marcado sello independentista como evidenciaban las banderas utilizadas, la estelada sustituyó a la senyera (bandera oficial de Cataluña) y las consignas secesionistas al sentimiento catalanista. Entrar en la guerra de cifras es como entrar en una guerra de orgullos. Resulta irrelevante la precisión del dato. Es cierto que había muchos catalanes que pedían votar y se merecen el mismo respeto que el resto de multitud que no asistió. Esta es la esencia de la democracia: el respeto al otro. Es tan básico y tan de sentido común que debe hacer reflexionar sobre si lo que está en juego en Cataluña es la independencia o la democracia.

En el resto de España los ánimos están exaltados, las discusiones suben de tono, los chistes se multiplican y finalmente queda formulada una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿qué pasará el día 2 de octubre? Creo que en Cataluña la cuestión es todavía más grave. Los independentistas se han envalentonado con un gobierno y un parlamento que están alentando a los suyos con una quimera imposible a costa de cercenar los derechos de los que no piensan como ellos. Cuando muchos tienen miedo a expresarse para no ser señalados con el dedo, para no ser insultados como esquiroles o acusados de traidores a patrias y banderas es que alguna enfermedad aqueja a esa sociedad. Cuando la intolerancia crece, la democracia agoniza. Esta es la esencia del problema.

Vivimos en democracia y sin embargo parece que no hemos aprendido cuáles son los principios básicos que la sustentan. Además de poder votar, se basa en la legalidad que nos hemos dado para preservar la convivencia. Tenemos iguales derechos y no hay mayoría, ni menos parlamentaria, que pueda vulnerar los derechos del otro. Cuando se pretende sustituir las leyes democráticas, aunque no te gusten, por la ley de las calles, el riesgo es hermano del peligro. Si además se hace desde la soberbia de atribuirse la representación de todo un pueblo, la cosa es más grave. Los independentistas están olvidando los derechos civiles de quienes discrepan, apoyando a quienes utilizan arbitrariamente las instituciones del Estado que pretenden destruir, están disfrazando de legitimidad su autoritarismo. Si además de invocar las calles se alienta la insumisión y se acorrala a quienes defienden la legalidad se está eligiendo el camino del enfrentamiento y esos vientos siempre anuncian tempestades.

El consejero de Presidencia de la Generalitat, Jordi Turull, dice todo ufano que en Cataluña el día 1 de octubre se producirá un tsunami de democracia. Escuchándolo me echo a temblar porque estos fenómenos siempre dejan a su paso destrucción y dolor. Así que el día 2 de octubre no habrá independencia pero habrá que reconstruir el desastre. Se ha apostado por destruir la convivencia, un precio muy elevado para sustituirlo por la nada. Ese día ninguna de las dos partes querrá que realicemos un ejercicio de memoria, querrán que olvidemos su inmensa ineptitud. Quizá ese día Rajoy y Puigdemont debieran convocar elecciones tras presentar sus dimisiones. Antes de que llegue el tsunami soñemos que, quizás, todavía quede alguien con sentido común para reconstruir la convivencia y la esperanza en Cataluña y en España.

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El éxito del fracaso
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María Antonia San Felipe | 09-09-2017 | 19:25| 0

parlament2Los partidos secesionistas catalanes culminaron el miércoles su primer desafío. Tras una tormentosa sesión parlamentaria, Junts pel Sí y la CUP aprobaron su Ley para celebrar un referéndum de autodeterminación. El aparente éxito de la votación no oculta otros inmensos fracasos. La imagen autoritaria y sectaria los aleja del victimismo que tratan de aparentar. Todas las triquiñuelas reglamentarias utilizadas para imponerse al resto de grupos, vulnerando los derechos de los diputados, no son la mejor carta de presentación ante el resto del mundo. Han ganado una votación y han prendido el incendio de la división estigmatizando a los no nacionalistas intentando asumir la representación de la totalidad de los catalanes,  una mentira tan grande como que este camino de rebeldía conduzca directamente a la independencia.
            La realidad siempre ha sido más terca que el deseo, quieren ignorarlo quienes creen que democracia se circunscribe solo al acto de votar. La presidenta del Parlamento de Cataluña, Carme Forcadell, ha abanderado consciente e irresponsablemente el intento de subvertir la legalidad ignorando los principios básicos de una democracia. Todos los estados democráticos tienen una Constitución que incorpora los derechos humanos universales, de la que se deriva un cuerpo legal que rige la convivencia, única manera de que cada uno no haga lo que le venga en gana. Incluso pretendiendo su separación de España el camino también debe ser legal porque, por mucho que lo pretendan, no son un pueblo oprimido en busca de una independencia liberadora ni pueden olvidar, que ellos, como mucho, representan a algo menos de la mitad de los catalanes.
           La opinión expresada por los letrados de la Cámara advirtiendo, como es su obligación, de la ilegalidad de la tramitación de la Ley del Referéndum es una prueba alentadora de que los funcionarios cumplen la legalidad a la que se deben, más allá de las veleidades quienes la desprecian. Su actuación es una señal de lo que puede ocurrir con el resto de los trabajadores públicos, incluidos los Mossos d’esquadra, que son necesarios para dar garantías a cualquier proceso electoral o de consulta, si fuera legal.
             Cierto que las culpas de cómo hemos llegado hasta aquí están muy repartidas entre unionistas y secesionistas, pero ahora solo queda afrontar el desafío y la rebeldía con inteligencia. Los independentistas están materializando un plan que solo busca provocar una reacción desmedida del Estado que justifique sus acciones. El mayor éxito de esta loca hoja de ruta que solo lleva al enfrentamiento, cada vez más visceral, pueden apuntárselo los antisistema. La CUP, aliada con sus antiguos enemigos, desea dinamitar lo que llaman, despreciativamente, el régimen del 78 que, a su pesar, nos ha permitido acceder a las mayores cotas de libertad y de bienestar jamás conocidas en Cataluña y en España pese a las grietas del sistema y a los errores que se han cometido.

Lo que tenga lugar el 1 de octubre no será un referéndum legal, ni de ello nacerá nada que facilite una declaración de independencia que pueda ser reconocida a nivel internacional. Saben que el proceso unilateral es, en su esencia, un fracaso y por eso están organizando la catarsis de la movilización ciudadana, primero en la Diada y después el 1 de octubre, para caldear los ánimos. El cúmulo de despropósitos va a ir en aumento porque cuando en una relación se pierde el respeto entre las partes es difícil levantar cabeza por encima de los reproches.
           El gobierno, pese a la tibieza de algunos, cuenta con el apoyo del PSOE y Ciudadanos que ante la emergencia han reaccionado con más altura de miras que el propio Rajoy desde que llegó al gobierno. Los partidos rebeldes a la legalidad añoran mártires civiles que abanderen su causa, espero de la inteligencia del Estado que no se los facilite cayendo en la trampa de la provocación. Es la única manera de demostrar la fortaleza de una democracia madura que piensa más en los ciudadanos que en las elecciones que, a buen seguro, vendrán el día después del fallido referéndum. El daño a la convivencia es inmenso y quienes han practicado la irresponsabilidad, aquí y allí, enfrentándonos a unos con otros y a los catalanes entre sí, solo merecen la bofetada de nuestro desprecio.

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¡Más madera!
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María Antonia San Felipe | 01-09-2017 | 18:31| 0

puigdemont-junquerasHubo un tiempo en el que muchos creímos, con la inocencia que daba estrenar democracia, que a los gobiernos siempre llegaban los mejores, los que tenían la cabeza mejor amueblada para prever lo que se avecinaba. La desilusión llegó con el tiempo y ahora estamos instalados en la decepción permanente. Después de los graves atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, por un segundo, muchos soñamos que, quizás, un poco de seriedad airearía las cabezas de los gobiernos de Madrid y Barcelona. Pero nada, la cosa no solo empeora sino que se anuncian tiempos de tragedia, en realidad, de tragedia cómica que no sé si ese género existe.
          Observo a Puigdemont y Junqueras, a la sazón los conductores del tren de la desconexión catalana con España y me viene un regusto ácido a los tebeos de Mortadelo y Filemón. Cada día un nuevo despropósito y todos ellos dirigidos a dinamitar la legalidad siendo conscientes, como son, de que sin respaldo legal ese invento que llaman “el procés” no desemboca en la independencia.  Tratan de aislar, como en los regímenes autoritarios, a los que no piensan igual. Están segregando a la ciudadanía entre buenos y malos catalanes como en otros tiempos, de ingrato dolor y recuerdo, se dividió entre buenos y malos españoles.
          En el duelo por los atentados yihadistas el Rey, que es el jefe del Estado aunque muchos españoles seamos republicanos, acudió por primera vez a una manifestación popular. Felipe VI aceptó el lugar en el que quisieron colocarlo. Hay que reconocer que tuvo más gallardía que los independentistas, que no todos los catalanes, que lo cercaron organizadamente con esteladas y pitaron su presencia en un evidente desprecio a las víctimas del terror. También reprocharon al cardenal Juan José Omella que expresara en su homilía algo que es evidente, que unidos contra el terror somos más fuertes.
          Que los independentistas están nerviosos es evidente ya que ellos mismos se han situado en un callejón sin salida pero, como Groucho Marx, cada día piden “más madera”. Están en pleno calentón y en medio de una infinita contradicción. Si el referéndum debe celebrarse el 1 de octubre: ¿quién va a aprobar la Ley o a firmar el Decreto-Ley sabiendo que es inconstitucional?, ¿quién va a comerse el marrón de una acción claramente ilegal? O quizás, ¿planean que el firmante se exilie después para tener una víctima que huya de la represión del Estado? Incluso la nueva república catalana que predican es otra improvisación en todo este órdago al Estado. Hoy Puigdemont dice que será necesario que tengan un ejército para garantizar la seguridad (uno de los puntales de cualquier estado) y al día siguiente Junqueras, lo desmiente y la CUP le reprocha que en ese mundo idílico que van a fundar el 2 de octubre la nueva Cataluña quedará libre de amenazas y de malvados. Es solo una muestra de cómo el “procés” se resquebraja desde dentro. No sabemos si este tren chocará contra el Estado o simplemente descarrilará por las peleas de los maquinistas de turno.
          La última broma de los independentistas ha acontecido en el Congreso de los Diputados.  Joan Tardá, portavoz de Esquerra, defiende que Cataluña se quiere ir de España porque están hartos de corrupción. El hemiciclo tembló de risa y los leones  de asombro al recordar como el prohombre de la patria catalana, el venerado Jordi Pujol, vació las arcas, como muchos catalanistas, para depositar las pesetas españolas y los euros en otras patrias custodiadas por otras banderas que ondean al viento de la usura y la ambición practicadas durante años a la sombra de una estelada.
          Hoy toca defender la legalidad, que no es lo mismo que defender a Rajoy, no lo merece. En el Congreso volvió a demostrar que el fantasma de la corrupción, que le persigue como su sombra, lo inhabilita para lograr una unidad de acción. Su incapacidad para el diálogo solo se ha demostrado eficaz multiplicando independentistas al grito de ¡más madera! Así que crucemos los dedos pues con tanto irresponsable en Barcelona y en Madrid solo queda confiar en que los Mortadelo y Filemón, de aquí y de allí, no nos estrellen contra el muro de su inmensa mediocridad e infinita incompetencia.

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Tiempo de unidad
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María Antonia San Felipe | 25-08-2017 | 19:10| 2

No es fácil permanecer impasible ante un asesinato salvo que seas un instrumento voluntario del terror y militante del horror. El terrorismo tiene una lógica ajena al sentido común y quienes manejan los hilos tienen razones y propósitos que se levantan sobre la muerte, la muerte ajena. Con los asesinatos de Barcelona todos hemos sufrido. Cada muerto, cada víctima, duele, aunque cada uno se conduela más con los propios. Desgraciadamente, no somos los únicos que hemos sufrido el terrorismo, el dolor está muy repartido. Casi simultáneamente también han sido objetivos de los terroristas Finlandia o Nigeria, donde 30 personas fueron asesinadas por Boko Haram. En lo que va de año los terroristas del yihadismo han producido 10.326 víctimas (Irak 309 atentados,  Afganistán 115 y Nigeria 67). La cifra da escalofríos.

Estos días hemos visto y oído muchas cosas terribles. Solo la solidaridad con las víctimas nos devuelve la esperanza y nos enseña que hay más gente de buen corazón que malvados. Sin embargo, es momento de reflexionar sobre un fenómeno enormemente peligroso que ha florecido con fuerza estos días y que estaba agazapado entre nosotros. Al calor de la indignación y del dolor que produce el terror muchos han encontrado el caldo de cultivo para fomentar la xenofobia y el odio al que creen diferente. Las redes sociales han sido el mejor vehículo para la difusión de bulos, mentiras y odio: que si hay que echar a todos los inmigrantes, que si cobran subvenciones que se niegan a españoles, que si no se manifiestan en las calles, que si los mossos hablan catalán, que no hay huevos para hacer lo que hay que hacer, etc. Tras la lista de los supuestos agravios, la polémica sobre la instalación o no de bolardos en las Ramblas ha sido la estrella. Así, un sacerdote de Cuatro Caminos ha acusado a la alcaldesa de Barcelona de cómplice de los terroristas. Un exabrupto que oculta otros debates como la seguridad privatizada en aeropuertos y estaciones, sin control policial efectivo, cuando por ahí entran y salen más terroristas que en las pateras. Hay hasta quienes han reclamado al ejército pero no para ayudar sino para asumir el mando.
           Han florecido como setas páginas web que ocultan intereses políticos extremistas y que muchos, inocentemente y otros con complicidad, difunden sin reparar en la nocividad de las mismas. Quienes administran esos bulos saben lo que hacen, quieren fomentar el enfrentamiento soltando barbaridades contra inmigrantes, catalanes y políticos inútiles. Como son muy machotes aplauden a exaltados añadiendo que tienen “dos cojones” y que dicen “verdades como puños” no como los blandengues buenistas encubridores de terroristas. Creo que “cojones” deben tener porque es lo único que muestran, pero de inteligencia no andan sobrados y la historia nos lo enseña.
           Algunos resucitan ese viejo y falso mensaje de que el terrorismo se acaba con “mano dura” y no con las tontadas de los minutos de silencio. Se olvidan de que el palo y la estaca hasta ahora solo nos han traído guerras y millones de muertos. Recordemos nuestro propio pasado, nuestra propia guerra y la dictadura o como acabó la Alemania conducida por el líder de la mano dura y alzada, Adolfo Hitler. Pensemos en la invasión de Irak, Afganistán, etc. y valoremos sus desastrosos resultados. En realidad, los que desde el odio juegan a dividirnos son el mayor éxito de los terroristas cuyo objetivo es enfrentarnos para que desconfiemos de nuestro propio sistema democrático y de las libertades que es lo que quieren destruir.
           En España luchando contra ETA aprendimos dos cosas importantes, que los culpables son los terroristas que siempre van a buscar el modo de hacer daño. Y segundo, que la unidad política y social garantiza la eficacia operativa de todos nuestros Cuerpos de Seguridad que, hasta la fecha, se han demostrado ejemplares. El sábado la manifestación de Barcelona debe ser el punto de partida de un nuevo pacto antiterrorista que debiera extenderse más allá de nuestras fronteras. Europa ha de dar una respuesta unitaria al terrorismo analizando sus propias relaciones internacionales con los países islámicos. Es el único camino para que el miedo no mine nuestra seguridad ni doblegue nuestra libertad.

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Que no haya silencio
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María Antonia San Felipe | 18-08-2017 | 19:57| 0

charlottesvilleEl abuso de la comunicación rápida que imponen las redes sociales ha conseguido que en la política actual sea más importante el impulso que la reflexión en la exposición de las ideas. Donald Trump es un adicto de la comunicación tuitera compulsiva, por eso, asusta pensar que pueda manejar con similar rapidez el teclado del teléfono o el botón nuclear. Donald Trump llegó a la presidencia sin un ápice de fingimiento. Recorrió EEUU con su explosiva personalidad saliéndose de tono y de madre pero los norteamericanos a cambio del espectáculo le entregaron la presidencia. América, según Trump, era lo primero aunque él puede convertirla en una tierra fecundada de fanática intolerancia.
           Trump no disimula, no lo ha hecho nunca. Es tan racista como machista, porque lo uno lleva a lo otro. Su primer impulso, tras los violentos sucesos de Charlottesville (Virginia) que han tenido como desenlace una joven muerta y veinte heridos atropellados intencionadamente por un neonazi, ha siso la equidistancia. En sus primeras declaraciones el presidente Trump asombró a América y al mundo. No digo que sorprendió sino que su sinceridad nos dejó boquiabiertos al asimilar a los racistas nazis con los contramanifestantes. Con su postura, pretendidamente tolerante, trató de lavarse las manos pero encubría al movimiento ultraderechista que ondeaba banderas nazis como si fueran rosas. Que a estas alturas de la historia alguien todavía sostenga que los blancos son superiores a los negros, o los hombres a las mujeres, los americanos a los congoleños o a cualquier ser humano nacido del mestizaje, es realmente una muestra de inferioridad intelectual y por supuesto, deber ser tachado de racista y neonazi sin ningún paliativo. Niegan lo evidente como niegan el holocausto.
           Así que la tibieza de Trump solo fue aplaudida por los ultras. El senador y excandidato presidencial, el también republicano, John McCain, ha sido contundente: “Los supremacistas blancos no son patriotas, son traidores”. Que se vayan y no vuelvan, ha dicho el gobernador de Virginia. Fue tal el escándalo que sus asesores le obligaron a condenar a los supremacistas. Y Trump, fingiendo, condenó a los racistas con la boca pequeña, porque en realidad piensa como ellos y porque quienes le auparon a la presidencia jalean a los ultras. Desgraciadamente también lo votaron negros e hispanos. ¡Inmensa es la ignorancia que se somete a la manipulación! ¡Así es la vida!
           Al final, la verdad reluce. A las pocas horas, el verdadero y genuino Trump volvió a rectificarse a sí mismo para regocijo del Ku Klux Klan y de los grupos neonazis (Alt-Right Movement) que lo han felicitado por su coraje y valentía. Todo esto asusta y aterra. No hay duda de que Trump es el mejor altavoz del neonazismo en todo el mundo. La propia ONU acaba de alertar del incremento de la xenofobia en EEUU, por eso no se puede mirar hacia otro lado. No olvidemos que en Alemania el nazismo llegó a cometer todos los excesos que la historia nos ha contado gracias al silencio de muchos buenos alemanes que hacían como que no veían. Como muy bien explicaba el líder negro Martin Luther King, “cuando reflexionemos sobre el siglo XX, no nos parecerán lo más grave las fechorías de los malvados, sino el escandaloso silencio de las buenas personas”. No podemos normalizar lo intolerable, no podemos ser cómplices mudos. Todavía hay esperanza. Los padres Pete Teft, de Fargo (Dakota del Norte), uno de los neonazis que se manifestó en Charlottesville, han tomado la palabra para repudiarlo, señalando que desconocen donde aprendió esas creencias y que solo lo acogerán en casa cuando las abandone. Aplaudo a estos padres que no quieren guardar silencio porque saben adónde conduce. Si quienes aplauden a Trump en América y en el resto del mundo no chocan contra nuestra resistencia creerán que los animamos en su peligrosa cruzada. No podemos entregarles el futuro porque lo convertirán en un regreso al pasado, al más horrendo pasado.

charlottesville2
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Letra pequeña
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María Antonia San Felipe | 12-08-2017 | 07:57| 0

rajoy-puigdemontLa letra pequeña es algo en lo que no solemos detenernos en este loco mundo de la información que se transforma a la velocidad de la luz. Consumimos grandes titulares y despreciamos los jugosos detalles de las cosas que, a la postre, son los ingredientes auténticos de lo importante. Sorpréndase conmigo querido lector al conocer que, según el barómetro de julio del Centro de Investigaciones Sociológicas, intranquiliza más a los españoles “la crisis de valores” (2,7%), que la “independencia de Cataluña” (2,6%). A casi nadie desazona el tema catalán comparado con el 70,6% de españoles preocupados por el paro o el 45,3% de los alarmados por la corrupción. Sinceramente no sé si esto es bueno o malo, pero asombra la distancia entre la política y la calle, el ruido mediático y la vida cotidiana.
           No deja de ser chocante que los españoles contemplen sin desasosiego el espectáculo que tantos y tan encontrados sentimientos parece producir desde hace años y que está en el punto más álgido de tensión de los últimos tiempos. Los ríos de tinta, las largas polémicas televisivas y radiofónicas añadidos a los sesudos argumentos no parecen influir en el estado de ánimo de la ciudadanía que lo sitúa al mismo nivel que su desvelo por un concepto tan abstracto como la crisis de valores del mundo actual. Reír o llorar, esta es la cuestión.
           Los independentistas buscan urnas para votar y argumentos para convencer, los unionistas esgrimen los artículos de la Constitución y el derecho internacional y los más templados aventuran salidas imaginativas que hagan posible un marco de naciones múltiples que salvaguarde la idea envolvente de la España común. Mientras prosigue la guerra de argumentos, la inmensa mayoría de los españoles solo piensa, según el CIS, en dos cosas: conservar o conseguir empleo y confiar en que los corruptos no le roben demasiado.
           En este calorín andaban los españoles mientras extendían la toalla en la playa o tomaban una caña en la terraza del bar mientras elucubran con los amigos sobre cómo solucionar los problemas del país, cuando hemos conocido, con asombro, que al presidente del gobierno le ha sobrevenido un lumbago antes de ir a visitar al Rey. Parece ser que lo abultado de la mochila en la que transportaba los problemas que lleva tiempo eludiendo le ha producido una lesión más grave que la infligida por los casos de corrupción que afectan a su organización.
           Una vez recuperado el temple a nadie ha sorprendido que Rajoy le haya dicho al Rey que él es partidario de no hacer nada. No sabemos si es por prescripción médica o porque piensa seguir haciendo lo mismo que hasta ahora. El presidente sigue confiando en que el tiempo y el aburrimiento disuelvan, por agotamiento, el problema territorial del Estado español y frenen a sus mejores aliados que no son otros que los propios independentistas que, gracias a su inactividad, han crecido como setas. El caso resulta realmente llamativo, mientras unos viven instalados en la prisa y corren a la velocidad de Charlot en las películas de cine mudo; otros, con el presidente del gobierno a la cabeza, esperan tumbados a que se estrelle el tren contra la legalidad imaginando que ahí terminará el problema. Tengo la impresión de que unos contra otros y todos en contra del sentido común han destrozado el entendimiento que es la única forma de garantizar la convivencia.
            O todos están locos o todos nos engañan. Pudiera ser que todo este despropósito sea un invento coordinado entre unos y otros para distraernos mientras expolian nuestros derechos y dilapidan nuestros impuestos en perfecta sintonía, aquí y allí. No olvide nadie que los platos rotos siempre los pagan el pueblo, los pueblos, el ciudadano, las personas porque de sus decisiones siempre nos ocultan lo importante: la letra pequeña.

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Cómplices
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María Antonia San Felipe | 04-08-2017 | 18:57| 0

corruptos-¡Todos han robado!, los unos y los otros, los de aquí y los de allí, los del norte y los de sur.
           Con tan endeble y repetido argumento me dicen algunos lectores que no soy ecuánime porque creen que critico demasiado a unos y menos a otros.
           -Mire usted, he escrito de Rajoy porque es el primer presidente del gobierno que va a declarar ante el Tribunal Supremo por la corrupción del partido que nos gobierna. Escribo de Blesa porque se suicidó hace unos días, de Villar porque lo detuvieron la semana pasada, de Rato y de Ignacio González porque lo llevan a la cárcel, de Granados porque ingresa en la misma prisión que inauguró, de…
           A sí que al calor del verano me ha dado por pensar en este asunto. Imagino que todos estaremos de acuerdo en que dilapidar, robar o malversar el dinero público, el que procede de nuestros impuestos, es decir, del sudor de nuestra frente, lo mismo que utilizar el cargo en beneficio propio está mal, rematadamente mal y además de ser delitos tipificados en el Código Penal. Supongo que también coincidiremos en que lo dicho está fatal lo haga quien lo haga, porque el delito no es menor porque uno sea rubio o moreno, alto o bajo, de derechas o de izquierdas, nacionalista o populista. Y porque la corrupción de unos no tapa la de otros, ni el mal queda minimizado por la afiliación política del ladrón, del malversador o del prevaricador.
           Pero en este país nos gusta más dilapidar al prójimo que asumir nuestros errores,  por eso, existen diferentes reacciones ante la corrupción. Por ejemplo, hay gente que cuando roban aquellos a los que no han votado nunca ni tienen intención de hacerlo jamás, piden para ellos las penas más duras, el repudio público y la intervención de la Inquisición. Pero si los que roban, prevarican o malversan son aquellos a los que ha votado y piensa seguir votando aunque le requisen su propia cartera del bolsillo, entonces dicen: -Como todos roban, al menos que me roben los míos. Minimizando la trascendencia del delito, se disculpa como si fueran travesuras de adolescentes. Se sigue votando a quien se corrompe y consideran que las urnas absuelven de los delitos cometidos.

           Si vuelven a ganar las elecciones se argumenta que los votantes les han perdonado las travesuras y se hace borrón y cuenta nueva. Tampoco faltan aquellos a quienes les da igual que sean unos u otros los protagonistas del latrocinio, se decantan porque caiga sobre ellos el peso de la ley y punto. También hay a quienes les importa un bledo lo uno y lo otro. Sorprende, por ello, que según las encuestas la corrupción sea uno de los problemas que más preocupan a los españoles.
           Si le damos vueltas al asunto sin los apasionamientos que nublan la razón, observaremos que, al tiempo que los ciudadanos sufren las graves consecuencias de una crisis económica muy larga, se ha descubierto tan ingente cantidad de casos de corrupción que no queda institución del Estado sin contaminar. De la monarquía hacia abajo, incluyendo al estamento financiero (cajas de ahorro), al poder judicial y hasta el fútbol. Si uno no puede fiarse de nadie esa sensación conlleva un deterioro evidente de la política y de la arquitectura institucional que nace de la Constitución.
           No es bueno hacer como que no vemos, debemos ser sinceros y reconocer que si terminamos tolerando la corrupción como un mal menor, si disculpamos y absolvemos socialmente a los corruptos seremos cómplices de dinamitar la esencia del único sistema político que puede proteger nuestra libertad, nuestros derechos y nuestro bienestar: la democracia. Sin olvidar que la política debe ejercerse desde la nobleza de los principios éticos con ejemplaridad. La resignación no es el camino, o combatimos la corrupción como práctica política y saneamos el sistema o la corrupción acabará por devorarnos y lo que viene detrás ya lo conocen. Yo me niego a guardar silencio.

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Asombrados
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María Antonia San Felipe | 28-07-2017 | 19:30| 1

blesa-rajoyDescerrajarse un tiro en el pecho no debe ser tarea fácil aunque esa fue la decisión última y final de Miguel Blesa. También debió ser muy difícil colocarse la soga alrededor del cuello para ese hombre de 55 años, cuyo nombre nadie recuerda, que en Alicante, el 13 de febrero de 2013, fue encontrado ahorcado por la comisión judicial que se disponía a hacer efectivo el desahucio de su vivienda.

Ambos ejercieron su libertad, aunque el hombre anónimo no tomó la decisión de perder su empleo y quedarse sin ingresos para pagar la hipoteca. La vida hizo planes por su cuenta, sin que él resolviera darle su consentimiento. Miguel Blesa procedió libremente el 19 de julio pasado como lo hizo cuando se aventuró a burlar todos los códigos éticos y legales desde la presidencia de Caja Madrid, adonde llegó de la mano de su amigo José María Aznar en 1996. Sabemos desde la antigüedad que, como cualquier pacto con Mefistófeles, en un momento determinado de la vida el pago será reclamado. La Justicia y la sociedad, aflorada la verdad, le exigieron que asumiera el precio de sus decisiones y sentenciaron la pérdida de los oropeles del poder y limitaron esa libertad que ejerció creyéndose en la cúspide de la impunidad. A Miguel Blesa debió parecerle más liberadora la muerte que la losa de la conciencia y más reconfortante que la estancia en la prisión de Soto del Real.

Toda muerte deja un halo de melancolía pero la condescendencia que puede producir su crudeza no puede borrar el pasado ni dulcificar el presente. Miguel Blesa es uno de tantos ejemplos de ascensión meteórica a puestos relevantes de supuestos expertos que, en realidad, no eran entendidos en nada. El tiempo ha demostrado que una mayoría eran arribistas sedientos de dinero y de privilegios en este bucle infernal del capitalismo de amiguetes que se ha practicado en este país hasta poner en situación de quiebra, tanto económica como política, al propio Estado.
El otro buen ejemplo, que solo sorprendió a los más incautos, es el de Ángel María Villar, el presidente eterno de la Real Federación Española de Fútbol. Es posible que el exfutbolista llegara a la presidencia para renovar el mundo del fútbol pero su prolongado mandato ha favorecido no solo la corrupción sino la creación de una red clientelar que lo perpetuaba, mandato tras mandato, elección tras elección en la cúspide del “fúrbol”. 

Esto también es viejo, así se ha sustentado el poder a lo largo de muchos siglos, yo te hago un favor  con dinero ajeno y tú me lo debes. Compramos silencios y fidelizamos voluntades y aquí paz y después gloria. Pero la gloria también es efímera y en el corralito del “fúrbol” hacía tiempo que olía a corrompido y, no nos engañemos, hay cosas con las que nadie quiere meterse y este territorio ha estado blindado durante muchas décadas a una auditoría seria de sus cuentas y a un control democrático de sus instituciones. Las casis tres décadas de Villar al frente de la Federación son la demostración empírica de que es necesario en este país imponer la limitación de mandatos para todo. Es la mejor manera de mantener ventilados los cargos e instituciones sin que terminen por pudrirse contaminando a todos.

Durante mucho tiempo ha habido demasiados ojos cerrados, demasiada gente que no oía, ni veía, solo callaba. En España hay demasiados sordos, ciegos y mudos, hay mucha tolerancia con la corrupción y escaso nivel de exigencia. En la cúspide de la nación tenemos la guinda de este pastel de mierda: Mariano Rajoy. El presidente del gobierno es el único jefe del mundo que siendo jefe nada sabía, nada veía, nada escuchaba sobre la financiación ilegal de su partido. Vivir ignorando no te convierte en ignorante pero si en cómplice necesario de la perpetuación del basurero. Hoy en el PP hay un líder que niega lo que todos vemos. Desgraciadamente, lo único cierto es que hemos vivido muchos años no por encima de nuestras posibilidades, sino a la sombra de infinitas mentiras que todavía hoy nos asombra que sean verdad.

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Españolitos
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María Antonia San Felipe | 21-07-2017 | 19:13| 0
miguel-angel-blanco

Miguel Ángel Blanco

La posición firme de los españoles siempre es contra algo, sostenía Machado en su Juan de Mairena y probablemente tenía razón. Parece que en la plaza pública lo importante no es cómo son las cosas, sino quien está más en contra de tal o más a favor de cuál. Destacar sobre el otro, diferenciarse un punto más o, como diría aquel, yo siempre dos huevos más. No puedo obviar que estas cosas conducen a la desesperanza.
           El éxito obtenido por la novela de Fernando Aramburu, Patria, más allá de su calidad literaria, me hizo pensar que con ella estaba ocurriendo como cuando uno tiene una pena que lo angustia y necesita verbalizarla, contarla a un amigo para poder comenzar a superarla. Ese efecto galvanizador creo que tiene una novela de ficción que es una crónica muy pegada a la realidad psicológica y sentimental de la Euskadi envenenada por el protagonismo central de ETA en su devenir cotidiano.
           El 28 de junio en el ayuntamiento de Rentería, el alcalde de EH Bildu, Julen Mendoza, rindió un homenaje, acordado con los familiares de las víctimas, a tres de sus vecinos asesinados por ETA: Manuel Zamarreño y José Luis Caso, concejales del PP y Vicente Gajate, policía local afiliado al PSOE. Los dos primeros fueron ajusticiados después de Miguel Ángel Blanco y el tercero, en 1984. Ha sido un gesto sin precedentes que un partido como EH Bildu, con sectores todavía reacios a condenar la violencia y los asesinatos de la banda terrorista pese a la evidente derrota de la organización. A mí este pequeño gesto me pareció que, aunque sea tarde, ha llegado y que hay gente dispuesta desandar el camino y a reconocer sus errores que no son pequeños, que quebraron la convivencia durante varios lustros y dejaron más de 800 muertos.
           Después llegó el 13 de julio, fecha en la que se cumplía el 20 aniversario del secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco a manos de Francisco Javier García Gaztelu, «Txapote». Es cierto que este hecho marcó un punto de inflexión en la lucha contra ETA, que fue una conmoción en todo el país y que llenó las calles de actos de condena y repulsa pero, cuatro lustros después, la utilización partidista de un compatriota asesinado vuelve a abrir trincheras dialécticas y tensiones políticas. Parece que, ahora que ETA es solo un doloroso recuerdo, todavía hay quien se empeña en repartir carnets de buenos ciudadanos exagerando diferencias que en el fondo no existen. La polémica en torno a la posición de la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, es el mejor ejemplo de una divergencia gestual que en vez de sumar, resta; en vez de unir, separa. La exjueza, Carmena sobrevivió a un atentado de la extrema derecha en la conocida matanza de Atocha (1977) y estuvo amenazada por ETA en su etapa judicial. No creo que haya nadie tan partidario de la no violencia. El problema es que, regreso a Antonio Machado, contra algo o alguien algunos se creen más.
           Y en este clima, llegó el 18 de julio, fecha inscrita en nuestra historia con ribetes de tragedia. La sublevación de algunos mandos militares contra el gobierno de la II República derivó en una Guerra Civil cuyas heridas todavía permanecen abiertas. El entierro, el pasado 2 de julio, del padre de Ascensión Mendieta, una mujer que a sus 91 años ha podido dar sepultura a su familiar en el cementerio de La Almudena (Madrid) tras haber sido fusilado en noviembre de 1936, es una prueba de lo mucho que queda por hacer. Cada familia tiene sus muertos y todas ellas tienen el mismo derecho a llorarlos, a recordarlos y a enterrarlos. La dignidad humana debiera permanecer alejada de los intereses políticos y de quienes se esfuerzan en reescribir la historia a su antojo.
           Por todas estas cosas a veces me pregunto si este país de malquerencias encontradas tiene remedio. Recuperando de nuevo a Machado, convendremos que podemos considerar patriota a quien, por pasión, oculta y evita criticar nuestros defectos, pero solo será un buen español si trabaja por superarlos. Este es el reto que nos debemos a nosotros mismos si queremos respirar la libertad de nuestro propio futuro.

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Ascensión Mendieta en el entierro de su padre

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Trabajar el futuro
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María Antonia San Felipe | 08-07-2017 | 21:00| 0

europarlamentoEn ocasiones una noticia menor te impacta y te empuja a hacerte preguntas. Por ejemplo, vemos el hemiciclo del Parlamento Europeo vacío mientras en la tribuna de oradores un señor se esfuerza en hablar ante nadie y, de pronto, el cabreo surge de forma natural, como si lo hubiera convocado el asombro. El primer ministro de Malta, Joseph Muscat rendía cuentas a nadie sobre los seis meses de presidencia y a nadie le importaba porque nadie había. El ciudadano se indigna y se pregunta: ¿Por qué no nos entienden, por qué no ven que nos duele su ausencia del puesto de trabajo? La respuesta es sencilla, simplemente no dan importancia a lo que nosotros consideramos relevante y eso ocurre porque cada vez están más lejos, no en distancia kilométrica sino en porcentaje de intuición política.
          Los eurodiputados se muestran tan distantes del trabajador como del autónomo, del abogado como del médico, del barrendero como del maestro. Es tal la lejanía que no es extraño que en la Unión Europea y los países que la integran se viva una deriva política que resulta más sencillo describir que solucionar. El abismo entre la clase política y los ciudadanos, entre los representantes y los representados se incrementa por ausencia de sintonía.
           Por eso, el presidente del Parlamento Europeo, Antonio Tajani, se mostró sorprendido cuando el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, al comprobar que de los 751 diputados solo asistían a la sesión una treintena, se enfadó y afirmó que aquello era “ridículo”, exageradamente “ridículo”. Sin duda una falta de respeto a los países pequeños ya que, añadió, “Si el señor Muscat fuera la señora Merkel, algo difícilmente imaginable, o el señor Macron, más imaginable, hubiese encontrado una Cámara llena”.
           Sin embargo, quienes vemos la imagen no solo lo consideramos una falta de respeto al orador sin público sino un insulto a los ciudadanos, cuando a los trabajadores se les pide, en toda Europa, compromiso y dedicación a su trabajo para poder conservarlo, en muchas ocasiones, con salarios exiguos y condiciones laborales mucho menos favorables que las de los señores eurodiputados.
           Dicen que los señores europarlamentarios estaban haciendo otras cosas pero según Junker, si hubiera estado otro jefe de estado como Merkel, las ausencias hubieran sido menos abultadas. Es cierto que, a veces, las apariencias engañan pero las imágenes del vacío parlamentario que se repiten habitualmente son demoledoras. Europa camina a la deriva desde hace tiempo y la prolongada crisis nos ha mostrado las goteras del edificio, que son muchas. Los movimientos antieuropeos y ultranacionalistas están amenazando y minando el proyecto común y poniendo en riesgo el espacio democrático más estable desde la Segunda Guerra Mundial, pero la falta de respuestas coherentes de las élites políticas de la burocracia europea también.
           Seguramente Juncker quiso llamar la atención de sus señorías porque ahora que Trump se acerca a Putin y que la Gran Bretaña, se separa del proyecto europeo, es cuando más necesaria es una Europa fuerte y cohesionada. El primer reto, al que parecen dar poca importancia los eurodiputados ocupados en no se sabe qué, es aproximarse más a sus propios electores. Es tiempo de que, en vez de pelear por ir en las listas de sus partidos en puestos de salida, se preocupen de sintonizar la misma frecuencia vital que sus electores. Ellos también tienen un contrato con nosotros y queremos verlos en sus puestos de trabajo actuando con diligencia. Al fin y al cabo, aunque ellos no parecen darle importancia, de sus decisiones no depende su generoso sueldo sino algo más importante: nuestro futuro.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.