Que el papa Francisco, inste a reconocer “con vergüenza y arrepentimiento”, que no actuaron “a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando”, es un gesto importante pero además de pedir perdón la Iglesia deberá afrontar la realidad para que la historia no se repita. El único camino pasa por impulsar reformas de calado, precisamente las que no quieren quienes lo atacan desde dentro.

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María Antonia San Felipe

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Un dolor eterno

papa-francisco-3En ocasiones el dolor se atenúa pero no desaparece. Las heridas físicas se curan más fácilmente que las que afectan a la mente y al corazón. Negarlo es desconocer la condición humana o querer eludir la responsabilidad cuando se ha causado un daño que el tiempo sentencia como irreparable. Muchos depredadores sexuales desde su elevado o diminuto pedestal de poder lo han olvidado. Así ha debido considerarlo el papa Francisco que, el 20 de agosto, ha dejado escrito que las heridas “nunca prescriben”, “al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas”. Un reconocimiento explícito y doloroso de la degradación de su propia Iglesia.

Una vez más, y suman muchas, vuelve a conocerse un impresionante escándalo de violaciones y abusos de sacerdotes a menores. La pederastia parece un mal endémico en la Iglesia. El penúltimo caso conocido afectaba a la iglesia católica chilena, 34 obispos dimitieron forzados por el papa Francisco que el 31 de mayo, escribió que “la cultura del abuso y del encubrimiento es incompatible con la lógica del Evangelio”. En 2010, fue Irlanda, donde la justicia desveló abusos cometidos por 400 sacerdotes contra 12.000 menores durante 30 años. Ahora, ante el informe del fiscal general de Pensilvania (EEUU), Josh Shapiro, identificando a más de 1.000 menores que fueron abusados o violados por parte de 300 “sacerdotes depredadores”, un nuevo terremoto sacude a la Iglesia. Son 1.356 páginas de espanto, “la investigación revela –por ejemplo- redes de sadomasoquismo y violaciones en hospitales o con somníferos encubiertas durante décadas por la Iglesia”.

El problema es que se sabía, muchos lo intuían y otros tenían la total certeza pero todos callaban. Mientras, las víctimas sufrían traumas a veces sin horizonte de superación. Una mujer que ha padecido lo indecible ponía el dedo en la llaga del delito de la Iglesia y, según su propia doctrina, de su pecado: Lo que hizo el sacerdote abusador en mi cuerpo, no es nada comparado con el daño que la Iglesia ha perpetrado al no hacer nada. Lo hacen ahora porque los han pillado. A menos que los pillen y se les denuncie, no habrá cambios. Comprendo su escepticismo son años de silencio ante un problema real que desacredita a la Iglesia no solo por la naturaleza de los hechos sino por encubrirlos y ocultarlos. Mientras los tribunales hacen su trabajo podían adoptar medidas de sanción interna contra los pederastas y sus encubridores, proteger a las víctimas y dejar una temporada de juzgar severamente las conductas ajenas.

La sexualidad es un asunto que la Iglesia católica nunca ha sabido afrontar sin prejuicios. Ha sido muy dura con las mujeres ensalzando su maternidad pero jamás su libertad tras relegarlas a siglos de sumisión. Tan severa con el aborto y con quienes que se ven obligadas a recurrir a él y tan laxa con los abusadores y violadores que alberga en su seno. Tan intransigente con la homosexualidad, que todavía aspira a curar como si se tratara de una epidemia vergonzante, y tan compasiva con sus propios pederastas. No puede ser que los delitos, pecados y abusos de los suyos sean benévolamente tratados y encubiertos durante décadas mientras se condena a las mujeres que abortan o se niega la diversidad sexual. La Iglesia católica ha sido madre para unos y madrastra para otros.

Que el papa Francisco, inste a reconocer “con vergüenza y arrepentimiento”, que no actuaron “a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando”, es un gesto importante pero además de pedir perdón la Iglesia deberá afrontar la realidad para que la historia no se repita. El único camino pasa por impulsar reformas de calado, precisamente las que no quieren quienes lo atacan desde dentro. Han de plantearse la supresión del celibato, la normalización de la homosexualidad y la libertad de las mujeres. Francisco ha marcado el camino pero la Iglesia en su conjunto debe ponerse en el lugar de aquellos que acudieron a ella buscando a Dios y encontraron la personificación del Diablo.

Temas

Chile, Iglesia, Irlanda, papa Francisco, pederastia, Pensilvania, perdón, reformas, sexualidad, Un dolor eterno, víctimas

María Antonia San Felipe

Sobre el autor

Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.

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