La Rioja
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Autor: Kavafis
¿Adónde fue la vergüenza?
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María Antonia San Felipe | 21-04-2018 | 8:11| 0

cifuentes-gonzalez

En esta tierra abril es época de espárragos y en Calahorra tenemos a gala invitar a los amigos a comerlos. Así que mientras me dedicaba a la tarea de pelarlos, al modo en que nos enseñaron nuestras madres y nuestras abuelas, escuchaba la radio y notaba que subía a un tiempo la temperatura de cocción de los espárragos y la mía. Pensando en mi cita semanal con ustedes, me dio un escalofrío. Recordé las esperanzas que varias generaciones depositamos en la restauración de la democracia y en la angustia que hoy nos produce su deterioro. En plena tarea doméstica me he preguntado: ¿Adónde huyó la decencia en política? ¿Cuándo se desterró la vergüenza y se instauró la mezquindad? No encuentro explicación convincente pero si percibo las consecuencias que tanta falta de escrúpulos está teniendo en nuestro sistema democrático este ambiente de desvergüenza generalizada.

El caso de Cifuentes es un magnífico ejemplo que ilustra lo bajo que hemos caído. Cuando te lo dan todo hecho, no valoras las dificultades ajenas. Predican la cultura del esfuerzo pero no lo conocen. Este último escándalo demuestra que la verdad no importa porque el engaño, hasta ahora, ha prevalecido e incluso fortalecido electoralmente a quienes lo practicaban. En el tobogán de la impudicia por el que nos despeñamos podemos constatar que la ausencia de ética en el ejercicio de la política lo está enfangando y destrozando todo, incluso la convivencia. Muchos gritos y escasa reflexión, así nos va.

A la política han acudido en masa un sinnúmero de personajes que  han hecho del ejercicio de la actividad pública una feria de vanidades. Como en la magia todo es mentira, menos la cara de tontos que se nos queda a los crédulos que miramos al ilusionista ignorando que lo único cierto es truco. Se multiplican los magos y polichinelas que abusan del desparpajo con más ambición que ética. Con sus falsos currículos trepan dentro del partido, impulsados por el único mérito que acreditan, la lealtad al líder que manda, sea quien sea, en cada momento. El clientelismo es el instrumento. Una vez montados en el ascensor, el que sube no es el más sabio ni el más capaz sino el que mejor ha sabido sortear los obstáculos internos, generalmente, adulando al líder local, regional o nacional. Es decir, siempre gana el listillo que es capaz de mentir con naturalidad aunque sea un zotes. No crean ustedes que la tarea es fácil, la hipocresía es un oficio que precisa entrenamiento y destreza, en esta materia Cifuentes es de las primeras de la clase.

La dama del falso máster dice que renuncia al título pero no a su cargo, que se lo devuelve a la Universidad al tiempo que le lanza una pedrada para desacreditándola, salvarse ella. ¡Qué lista! El gesto además de soberbio, demuestra lo abultado de la mentira. Por eso a muchos estos días les gustaría que la Presidenta les devolviera, con la humildad de la que carece, su voto para no sentirse insultados en su propia dignidad.

El otro argumento que ha dado Cifuentes, la tramposa, es que cuenta con el apoyo de su partido y de su presidente. Esta es la clave de tanta inmoralidad. Lo importante no son los ciudadanos a los que debe servir, la votaran o no, sino el líder, Rajoy, que la designó y el partido que la sostiene. Ni ella ni el PP están valorando el perjuicio que su actitud está haciendo a la institución, a la universidad, a la imagen de España y a la dignidad del ejercicio de la política.

La crisis económica ha sido muy dura, nos han hecho cosas imperdonables, pero la crisis de ética y de solvencia de nuestra clase dirigente está derivando a este país hacia el sainete. Es urgente regenerar nuestro sistema político antes de que la picaresca y la corrupción lo destruyan. Por eso la pregunta que debemos respondernos los ciudadanos es sencilla: ¿podemos consentir la degradación de nuestra democracia? Si todo esto no nos avergüenza es que no hay esperanza. Podemos seguir despotricando contra los políticos en los bares mientras ellos se ríen de nosotros o podemos recordarles que es su futuro el que está en nuestras manos y no al revés.

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El precipicio
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María Antonia San Felipe | 14-04-2018 | 9:21| 0

cifuentes-rajoyNo hay cosa peor que estar muerto (políticamente, hablando) y no saberlo. Eso le ha pasado a Cristina Cifuentes. La lideresa madrileña ya era una reliquia antes de ir a Sevilla a la convención del PP. Ha sido tras los cerrados y bochornosos aplausos con los que la obsequiaron cuando ha sido consciente de que su futuro político pasa por la retirada, voluntaria o impuesta. Cuanto más prolongue la agonía, más dolorosa será. Con la hipocresía habitual que gastan en el PP le hicieron creerse una estrella cuando, en realidad, Mariano la estaba condenando al basurero de la galaxia. El código de comportamiento del PP es la simulación en grado extremo y ello, sin olvidar, que los abrazos de Mariano son más mortíferos que la puñalada de Bruto, teniendo en cuenta que Cifuentes tampoco es César.

Yo entiendo a Cristina, tras treinta años siendo una disciplinada meritoria del PP su estrella, bajo el manto de la corrupción madrileña, brilló en el firmamento popular. Ella solita se autoproclamó martillo de la corrupción y lideresa de la regeneración, pura apariencia, como el máster. Pero, de pronto, un asunto tildado como menor en el PP ha terminado con ella. Entiendo que esté atónita, con la larga lista de implicados en casos de corrupción que conoce va a resultar que unas florituras en su currículum la van expulsar de las cumbres del poder. Su sorpresa es comprensible, los votantes de su partido llevan mucho tiempo perdonando lo imperdonable, han sido pacientes y comprensivos, al fin y al cabo, los del PP eran los suyos.

-¿Qué ha pasado?, se pregunta Cristina y la respuesta es bien sencilla. Cuando la gota colma el vaso de la paciencia, la gente exclama: “hasta aquí hemos llegado”. Se lleva mucho tiempo insultando a la inteligencia de los ciudadanos y lo que ayer se tragaba hoy resulta intolerable. Ella ha mentido y lo ha hecho con la chulería habitual de su partido. Con todo lo que hoy sabemos, lo escandaloso no es que Cifuentes tenga un máster o no, lo insultante es su persistencia contumaz y burlesca en la mentira cuando las evidencias son clamorosas. Lo peligroso es que ha demostrado a todos los españoles que la igualdad de oportunidades no existe. Los votantes más jóvenes no se lo van a perdonar porque tras mucho esfuerzo, personal y económico de sus familias, han  cursado sus másteres y doctorados mientras trabajan de camareros o de lo que pueden. Ella no ha dudado en desprestigiar la Universidad poniéndola en entredicho, que lo está, solo para situarse por encima de su propia mentira porque ella sabe mejor que nadie que todo es falso. Burlarse de la sociedad es una intolerable pedrada a su propio prestigio.

Cifuentes se cree una víctima en comparación a sus compañeros que se han forrado en tramas corruptas pero no ha calculado que la gente se ha hartado. Tendrá que apechugar con sus errores, le ha faltado humildad y lealtad a sus votantes. Se ha quemado a lo bonzo en público y la mecha ha prendido de su propia soberbia. Ha comprobado que en política uno puede pasar del Olimpo al Averno en cuestión de horas, porque la ambición es más destructiva que la prudencia. El asunto de su falseado máster, un tema que pareció una broma en el PP, ha terminado por sepultarla. ¡Quién se lo iba a decir! Las risas de Esperanza Aguirre se escuchan por todo Madrid. 

Desde Sevilla,  Mariano, desde su perpetua indolencia, ha pedido sentido común. Menuda broma. Ahora reza para que otros le resuelvan el problema. Ha hecho lo mismo que con Cataluña cuya única estrategia ha sido delegar en los jueces la resolución del grave conflicto que él ha creado. Por eso lo ocurrido en Alemania con la euroorden es otro de sus fracasos. Dejar que el tiempo, la universidad, la fiscalía, los jueces o el maestro armero hagan su trabajo es lo que ha generado la desafección de sus votantes. Con tesón han puesto a España al borde del precipicio y, ahora, para tratar de salvar su pellejo, Mariano entregará a Cifuentes y se fumará un puro a costa de nuestra paciencia.

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En la charca
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María Antonia San Felipe | 07-04-2018 | 9:37| 0

cifuentesLa semana santa ha terminado pero creo que para la presidenta madrileña, Cristina Cifuentes, el calvario acaba de comenzar. Está siguiendo el mismo guión que sus antecesores en esa inmensa ciénaga que capitaneaba Esperanza Aguirre, la otra campeona en la lucha contra la corrupción, que vivía rodeada de ranas por todas partes y jamás las escuchó croar. Cifuentes también estaba alrededor de la charca hasta que Esperanza cayó en desgracia y ella se autoproclamó azote de la podredumbre pasada. Es posible que sean sus anteriores compañeros caídos en desgracia, Ignacio González o Francisco Granados, quienes hayan facilitado la munición del máster, ella misma lo ha insinuado. La política siempre ha sido un territorio abonado para las venganzas.

A Cristina le han aplaudido mucho sus compañeros en el pleno de la Asamblea de Madrid donde debía dar explicaciones de su máster virtual. Es normal, les va el futuro en ello y no está la cosa cómo para salir a buscar empleo viendo cómo están los salarios en España. Al menos, ha reconocido que no fue a clase, pese a ser presencial, ni tampoco a los exámenes en el aula y que, por tanto, fue objeto de un trato de favor. Todo estupendo y habitual, según su versión.

He visto a Cifuentes gritar muy enérgica pero no convincente. Como sus antecesores, haciéndose la víctima de una nueva conspiración. El PP ha sobrevivido a tantas conjuras inventadas en sus múltiples episodios de corrupción que sugiero pueda ser materia de un nuevo máster virtual “Cristina Cifuentes”. Yo diría que el tema da, incluso, para varias tesis doctorales. Por ayudar sugiero un título para el trabajo fin de máster: Cómo sobrevivir a la corrupción hundiendo el prestigio de España y seguir ganando elecciones. Pudiera completarse con una tesis sobre, Cómo devaluar la democracia haciendo de la impunidad y la mentira un mérito para mantenerse en el poder. Con ambos estudios se podría publicar un manual para futuros políticos que quieran adornar su currículum: Cómo reírse de los españoles y conseguir que te voten (diez lecciones y un epílogo).

La presidenta madrileña se ha mostrado enérgica pero lo único que hubiera despejado todas las nieblas que todavía oscurecen su futuro y su credibilidad es haber aparecido con su Trabajo Fin de Máster (TFM), que sigue siendo un misterio dónde está o si alguna vez llegó a existir, y el justificante de su entrega. No hubiera sido necesaria ni una palabra más. Se facilita una copia a cada diputado y aquí paz y después gloria. Ni comisiones de investigación ni mociones de censura ni tampoco, victimismos impostados. Cifuentes ha trasladado la pelota a la Universidad que deberá elegir entre salvar su prestigio como institución o salvar el prestigio de la presidenta madrileña que, a su vez, la financia. La Universidad no puede permitir que muchos crean que sus títulos son como la lotería, que incluso toca sin comprar boletos. A su vez la Conferencia de Rectores de Universidades Españolas que ha nombrado dos inspectores debe arrojar luz sobre lo ocurrido porque está en duda la calidad de la enseñanza superior en España.

En fin, estoy consternada, el cúmulo de irregularidades es tan variado y tan abundante que si la Universidad funciona como Cristina Cifuentes justifica es para echarse a temblar. En cualquier caso, estamos en lo de siempre: mentir, disimular, aparentar, resistir. Al fin y al cabo, como diría Mariano, siempre que llueve escampa y si no llueve, ya se verá. Como en España mentir no tiene coste político, Cifuentes se siente segura. La regeneración sigue sin llegar a la política. Prometer una cosa y hacer la contraria tampoco se paga así que como todos ustedes pueden ver la crisis institucional y política persiste. Los españoles seguimos mirando con resignación el lodazal corrupto de la infinita charca.

Nota: este artículo fue escrito inmediatamente después de la comparecencia de Cifuentes en el pleno de la Asamblea de Madrid. Es decir, antes de que el rector de la Universidad rey Juan Carlos desvelara lo que hoy sabemos.

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Waterloo
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María Antonia San Felipe | 31-03-2018 | 8:47| 0

puisgdemont-alemaniarajoy-y-puigdemontSiempre pensé que la elección de Waterloo, por parte de Puigdemont para fijar su gobierno en el exilio, era un mal presagio. Claro que quienes no ven la realidad es difícil que se dejen influir por lo esotérico. No sé si el culebrón del procés descarrila o se recrudece pero lo cierto es que, pese a la gravedad, el asunto resulta agotador.

Así que aquí estoy de nuevo en medio de la penitencia. La detención de Puigdemont el domingo de Ramos nos ha pillado por sorpresa, ya nos habíamos acostumbrado a verlo viajando por los exilios como a Superman por la galaxia. Aunque ni él ni sus amigos huyen, como proclaman,  del fascismo español sino de sus propios actos. Lo único cierto es que no han sido capaces de asumir su propia responsabilidad. Sabían que estaban vulnerando gravemente las leyes de un estado democrático pero les importó un bledo. No lideraban una lucha heroica contra una dictadura que tiene leyes ilegítimas que justifican rebelarse. No es el caso. Ellos se muestran como víctimas, se presentan como los defensores de la libertad mientras los otros son los represores o los amigos de los verdugos que no les dejan votar en referéndums ilegales al tiempo que ellos obvian la libertad de quienes no secundan ni su estrategia ni sus objetivos.

Este problema debió haberse solucionado hablando y pactando, haciendo de la política algo grande y no un mezquino conflicto de intereses. Tanto Rajoy como Puigdemont (y quienes les aplauden) eludieron entenderse porque ambos se fortalecían fomentando el desprecio hacia los otros. Pero, ni Rajoy es España, ni Puigdemont es Cataluña aunque ambos simbolicen el naufragio de la política. En medio de este fracaso el secesionismo decidió, tan libre como irresponsablemente, vulnerar la Constitución y el Estatut, forzando la máquina  y olvidando que nadie está por encima de la ley. Una vez que el asunto llegó a los tribunales hay que interpretar que los jueces defienden al Estado y no a Rajoy. Yo me pregunto, si estamos en un estado de derecho con división de poderes ¿puede ahora intervenir la política para forzar decisiones judiciales? Yo creo que no.

Habrá que hablar, sí, pero sin interferir en la labor de los jueces. Es decir, más allá de las mutuas mezquindades.
Habrá que buscar una salida, espero que con mejores interlocutores. Pero una vez que la política se ha rendido a los jueces y éstos han iniciado los procedimientos, ¿pueden ahora, unos y otros, decir que todo era una broma, que todo era de mentirijillas? ¿Pueden el gobierno o el Parlament decir quién sale o entra en prisión? ¿Puede acusarse de injustos a los jueces antes de que dicten sentencia?  ¿Puede hacerse, borrón y cuenta nueva? No me gustaría nada ser juez de tan graves imputaciones pero si lo fuera, tampoco me gustaría que nadie me presionara desde ningún ámbito. Si en esta democracia mejorable ciertos delitos deben regularse de otro modo o hay leyes que no nos gustan habrá que cambiarlas en los parlamentos pero, mientras la Constitución y el Estatut estén vigentes, corresponde al poder judicial, no a los políticos ni mucho menos a las barricadas callejeras, dirimir los conflictos en ese marco y no en otro futuro.

Mientras seguimos en un callejón sin salida y el Parlament de Cataluña continúa manteniendo la farsa del procés y cuestionando la democracia española desde la libertad que ésta les otorga, el expresidente fugado ha recibido la primera visita tras su detención. No han acudido los embajadores ante Puigdemont sino Bernd Lucke, el cofundador del partido antieuropeo y xenófobo de extrema derecha Alternativa para Alemania (AfD). Asustan las relaciones del secesionismo con la ultraderecha europea, salvo que nos estén mostrando su verdadera cara quienes niegan el supremacismo que practican. Como quería Puigdemont el procés es ya como un saltamontes que recorre Europa. El tiempo nos dirá si, como Napoleón, él también ha descubierto en la Alemania democrática su Waterloo.

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Perdiendo el miedo
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María Antonia San Felipe | 24-03-2018 | 10:12| 0

jubilados-2Las placas tectónicas se mueven despacio, muy despacio, pero se mueven y en ese desplazamiento, a veces, friccionan entre sí produciendo terremotos o cambios inesperados. En España se han estado produciendo microterremotos impulsados por un malestar general y por la ausencia de sintonía entre la política y la calle. Mientras en el Parlamento se gasta la pólvora en salvas, los ancianos y las mujeres se han lanzado a las calles sin que ningún partido político, ni nuevo ni viejo, hubiera llegado a intuir la intensidad de las movilizaciones. Primero fueron los jubilados quienes se plantaron en el Congreso para advertir al gobierno que no todos ven la situación del color de rosa que nos pintan. Los abuelos que levantaron este país, las generaciones de la guerra y la posguerra, se han rebelado al observar que están desmantelando el incipiente estado del bienestar que habíamos conseguido.

Después tomaron el relevo las mujeres que alzaron su voz, alta y clara, pidiendo igualdad real. Las calles de España se llenaron de abuelas y nietas, de madres e hijas y de muchos hombres que expresaron su solidaridad. Ha sido un movimiento transversal que ha impulsado un nuevo tiempo y que ha pillado por sorpresa a quienes creen que el feminismo es una ideología extremista y no un movimiento igualitario y también a quienes dicen entendernos solo cuando necesitan nuestro voto. Ciertamente el 8 de marzo de este año hubo orgullo y alegría. Ese día se escribió una página en la historia de las mujeres. El éxito, reconocido internacionalmente, ha asombrado a muchos, sobre todo, a quienes quieren que nada cambie.
 Algunos se preguntan por qué ahora, cuando la economía despega y la crisis comienza a superarse, jubilados y mujeres inundan las calles. Los portavoces del partido del gobierno han formulado reiteradamente esta pregunta insinuando una manipulación de las voluntades de jubilados y mujeres por alguna fuerza maléfica que solo pretende la destrucción del sistema corrupto en el que hemos vivido en los últimos años. La respuesta es bien sencilla y se obtiene simplemente mirando lo que sucede a nuestro alrededor. En España lo que más crece no es el Producto Interior Bruto (PIB) sino la desigualdad y lo que más ha disminuido no es la corrupción sino la calidad de la clase política encumbrada.

Lo más grave es que la desigualdad, la quiebra social y la mejora de la redistribución de la riqueza nacional son asuntos que parecen desterrados de la agenda política española, por eso, no es de extrañar que sean los jubilados y las mujeres quienes se hayan puesto en pie de guerra. Es evidente que el incipiente estado del bienestar que consiguieron los hoy jubilados se está desmantelando. Ellos lo ven no solo en la dimensión de sus pensiones sino en el deterioro de la sanidad pública de las que son usuarios habituales. A su lado las mujeres padecen más la precariedad y los bajos salarios y ven, por ejemplo, menos medios en la educación pública de sus hijos.

Estos días un informe del Defensor del Pueblo, que ha pasado desapercibido, ha puesto el dedo en la llaga denunciando una fractura social irreconciliable debido al “pozo de desigualdad”. Según Fernández Marugán, “en España el ascensor social ha cambiado de sentido. El Estado social se está reconvirtiendo: los derechos civiles y los derechos sociales se reducen. Ahora arrecia la desigualdad, con el agravante de que la amenaza de exclusión ha ampliado su perímetro, yendo más allá de los tradicionales marginados”.  Este es el problema crucial de este país y, ¡manda narices!, que con lo que costó ampliar las cotas de bienestar, ahora el ascensor social en vez de subir esté bajando a velocidad de vértigo. Los viejos y las mujeres quieren pararlo, son ahora la vanguardia, el terremoto que anuncia un tiempo nuevo. Han perdido la paciencia y para no perderlo todo han decidido perder el miedo.

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Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política. "Entre visillos" es un homenaje a Carmen Martín Gaite con esa novela ganó el Premio Nadal en 1957, el año en que yo nací.