La Rioja
img
Autor: Kavafis
¡Ella se lo ha buscado!
img
María Antonia San Felipe | 18-11-2017 | 7:45| 0

la-manada¡Ella se lo ha buscado! Cuántas veces hemos oído esa frase sin asumir que, por muy compleja que sea la ecuación, si en ella hay una mujer el resultado siempre es “culpable”. Siento indignación, dolor y angustia al ver lo que está ocurriendo en el juicio por la acusación de violación presentada por una joven contra La Manada. No hay aspecto que no ponga los pelos de punta.
Está tan arraigado desde el origen de los tiempos, se ha mamado durante tantos siglos que la mujer es la tentación, la maldad y la provocación que no es posible para muchos aceptar la igualdad y la libertad y mucho menos en el campo de la sexualidad. La mujer es la víctima ancestral de todas las religiones, en su malignidad pecaminosa encandila a los ingenuos hombres con sus faldas cortas y sus escotes largos. Estos chicos tan majos, que temen que se vulnere su derecho a la intimidad, fueron a Pamplona a rezar a San Fermín. Confío que después de este juicio quede claro que no fueron a correr el encierro sino a cazar una víctima.

Solo tener que rememorar lo sucedido ya tiene que ser espeluznante para la víctima. La historia de los violadores enseña que su defensa pasa por argumentar que la relación fue consentida. Tener que justificar que no se resistió más porque entró en estado de “shock” es humillante para esta mujer. Me la imagino rodeada por La Manada presintiendo lo que le podía ocurrir y me bloqueo yo incluso en mi casa. Pero todavía habrá, también mujeres, que piensen que no luchó bastante por su honor, que quizás La Manada que, actúa en grupo, se hubiera entonces conmovido. Pues no.

Todo esto es indignante y aun más que el Tribunal haya admitido como prueba un informe de un detective privado pagado por uno de los acusados. Si el machismo no existiera, los detectives, en su código ético, tendrían prohibido seguir a la víctima para comprobar si sufría lo suficiente como para deducir a simple vista que había sido violada. Por haber aceptado el encargo debiera perder la licencia y contratarlo debiera ser un agravante. Pero el machismo existe, vive entre nosotros, crece y se reproduce.

Sabemos que todavía hoy hay mujeres que son violadas y que sobreviven en silencio porque tienen miedo a contarlo, al rechazo social, a tener que justificar que fueron violadas porque no pudieron psicológicamente resistir más, que viven en un pozo temiendo no poder rehacer su vida. Y esto no pasa solo en países lejanos, pasa en España donde, según el Barómetro 2017 de ProyectoScopio elaborado por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud, uno de cada cuatro jóvenes ve normal la violencia machista en la pareja. Y donde dos de cada diez creen que la violencia contra las mujeres se exagera porque el problema está “muy politizado”.

Esto lo piensan los jóvenes y desgraciadamente también el resto de la sociedad. Hay quienes creen que el feminismo está pasado de moda, que ya se ha conseguido la igualdad y que las feministas son unas pelmas, unas feminazis aburridas y amargadas. Como no se aborda la dimensión real del problema a pocos importa que durante la crisis se hayan suprimido recursos formativos porque no se consideran prioritarios. Negando que el monstruo del machismo crece, nadie se rebela. Pero la realidad se impone. En España este año se han asesinado a 55 mujeres, la última delante de su hijo a la salida del colegio o se ha degollado a una niña de dos años en Alzira para castigar a su madre.

Estos días nos ha indignado la frialdad de estos cinco encantadores jóvenes que sostienen que no violaron a la joven sino que la amaron colectivamente con ternura. Nosotros pronto lo olvidaremos, la joven no lo hará jamás. Ellos son fuertes en La Manada pero hay muchas manadas silenciosas o cómplices. Desgraciadamente nada de esto es una fatalidad del destino, es el fruto de nuestra resignación.

Ver Post >
Fascistas
img
María Antonia San Felipe | 11-11-2017 | 7:34| 0

ariza-justiniano

Estábamos ciegos hasta que Puigdemont y quienes le apoyan nos han abierto los ojos. Desde su acomodado exilio ha proclamado a toda Europa que el fascismo ha vuelto, que en España el franquismo ha resucitado. No puedo dejar de escuchar estas afirmaciones sin sentir un escalofrío, ya que la acusación no solo se refiere al gobierno de Rajoy, destacado generador de independentistas, sino a todo el que disiente de ellos. Ahora muchos ciudadanos, incluso los que pasaron por las cárceles y combatieron el franquismo para conseguir las libertades democráticas, también son fascistas.

Desconcertados se sienten hoy muchos viejos luchadores por las libertades de este país. Entiendo al antiguo secretario general del PCE, Francisco Frutos, preocupado por la actitud de quienes se proclaman de izquierda mientras alientan al independentismo que ignora a los no nacionalistas y se proclama “traidor al racismo identitario que estáis creando”. A esta preocupación se ha unido Borrel y líderes históricos de Comisiones Obreras como Julián Ariza que ha recordando que costó mucho conquistar la democracia y, por respeto al sufrimiento pasado, “hubiera sido necesario evitar el insulto de compararla con el franquismo”. Conmueve la opinión de Justiniano Martínez, un sindicalista, preso político del franquismo, torturado en la cárcel, al que “algunos pijos” “llaman burgués y fascista, mientras asisten a huelgas pagadas por patrones y gobiernos”. Justiniano denuncia a estos revolucionarios de coche oficial a los que sería conveniente recordar que para conseguir las instituciones democráticas y restaurar la Generalitat, hubo huelgas de semanas, cajas de resistencia para pagar salarios no cobrados mientras “hoy se hacen huchas para los responsables de la corrupción del tres per cent”.

Justiniano grita apenado: “No me hablen de libertades quienes solo las han disfrutado”. Es doloroso ver como se está banalizando la dureza del franquismo y la crudeza de su represión comparándola con la situación actual. Puigdemont asegurando en Bruselas que en España se tortura a políticos independentistas nos está insultando a todos. Su afirmación de que “Cataluña solo ha prosperado cuando se ha gobernado ella misma”, no solo niega la historia sino que es la prueba del supremacismo insolidario que promueve, un ultranacionalismo tan sectario como el supuesto autoritarismo que denuncia.

Este discurso de que España no es una democracia que sostiene el independentismo está calando al coincidir con el de esa nueva izquierda que considera que el régimen del 78, así lo denominan, fue en realidad una estafa a los españoles. La Transición no fue de color de rosa, hubo muertos y detenidos, hubo consensos y también renuncias. El éxito fue conseguir la democracia con una constitución homologada, por eso entramos en la Unión Europea. El fracaso vino después cuando, lograda la estabilidad, la enfermedad de la corrupción y la incapacidad para frenar los abusos especulativos del poder deterioraron el sistema. En los años de bonanza a nadie escandalizaron estas cosas hasta que llegó la crisis y nos expoliaron los derechos. A partir de ahí nos instalamos entre la decepción y la indignación. Todavía no hemos salido de nuestro asombro ni erradicado la corrupción. No es justo echar la culpa de lo que somos hoy a esos luchadores del antifranquismo que nos trajeron la democracia. Por el contrario, en su memoria, tenemos la obligación de perfeccionarla.

No creo que sean los nacionalismos quienes nos iluminen el camino. Hace falta mucha generosidad, desterrar el enfrentamiento e instaurar el diálogo. Las personas son la prioridad porque cuando una familia no llega a fin de mes, cuando una anciana no puede pagar la luz, cuando el autónomo cierra, cuando una mujer es maltratada o un trabajador explotado no importa el lugar donde nacieron. Volvamos a lo importante y olvidemos las supuestas revoluciones de autoafirmación identitaria que patrocinan las élites para su bienestar que nunca será el nuestro.

el-abrazo

Ver Post >
Superar el ridículo
img
María Antonia San Felipe | 04-11-2017 | 7:48| 0

puigdemontLa Generalitat emprendió, a toda velocidad, un viaje hacía Fantasía y finalmente el conductor del “tren bala” lo ha estacionado en Ridículo. Esta sensación me produce la desconcertante escapada de Puigdemont a Bruselas. El chiste no puede ocultar el desgarro social que se ha producido en Cataluña. El expresident no huye de España sino de una realidad paralela construida con persistencia y derroche de medios presupuestarios. Puigdemont está huyendo de sus propios errores que lo han convertido, en héroe y traidor al mismo tiempo. Tras el vértigo, la República Catalana quedó proclamada entre titubeos y naufragó sin reconocimiento exterior. La convocatoria electoral, derivada de la aplicación del artículo 155 de la Constitución, ha sido aceptada por todo el independentismo pese a aparentar que todo sigue igual. Esta contradicción certifica su fracaso. Ahora la Justicia ha llamado a su puerta y la realidad les ha recordado las consecuencias de su irresponsabilidad. Las leyes existen aunque ellos las ignoren. Fueron advertidos por los letrados de los riesgos pero siguieron adelante.

Los problemas políticos no se resuelven en los tribunales sino en la mesa de negociación, este es el inmenso error que han alimentado ambas partes pero ni aun así puede justificarse lo que han hecho. El desafío no ha sido contra Rajoy y un gobierno enfangado en la corrupción sino contra el Estado y contra una democracia en cuya restauración también Cataluña participó y que les ha dotado de un autogobierno más amplio que el de muchos estados federales como Alemania.

Ahora el miedo les ha llevado a Bruselas a tratar de internacionalizar el conflicto buscando justificar que huyen de un estado represor y de un país sin libertades. En Bruselas no han encontrado pancartas de bienvenida. El viceprimer ministro belga, Kris Peeters, les ha recordado lo evidente, que tienen los mismos derechos que cualquier europeo y que “cuando llamas a la independencia y la declaras lo mejor es permanecer junto a tu pueblo”. Se mire como se mire esta huida no es un acto de grandeza sino una falta de respeto a los suyos. Son los hechos y no los discursos los que definen a los políticos. Hablar de gobierno en el exilio supone un insulto a los cientos de miles de exiliados que salieron de España al final de la Guerra Civil en unas condiciones durísimas tratando de salvar la vida, entre ellos, Lluís Companys (fusilado por Franco el 15 de octubre de 1940) y Josep Tarradellas, presidentes históricos de la Generalitat. Solo la necedad lleva a burlar la historia comparando lo incomparable.

Entiendo que todos los nacionalismos buscan construir un relato épico en el que anclar las columnas de su nacimiento pero en esta parte del “procés” se han situado más cerca de la cantinflada que del heroísmo. Puigdemont y sus fieles, en la realidad paralela en la que viven, argumentan que son víctimas de una persecución a causa de sus ideas y que no volverán a España si no se les dan garantías de un juicio justo. Todos esperamos que lo sea, España es un estado de derecho, pero una cosa es reclamar justicia y otra impunidad. Quienes hablan de venganza y de represión de las ideas no pueden olvidar que sus propios asesores legales les advirtieron de la responsabilidad penal que contraían, sin olvidar que la reiteración en el incumplimiento y la escapada protagonizada por Puigdemont van a ser agravantes y no eximentes para él y para el resto. La causa judicial es seria, los delitos graves y la división entre ellos, evidente. Veremos lo que ocurre.

Mientras, ocurren cosas que no me gustan. No me gusta que insulten por la calle a los representantes políticos, ni me gusta que los políticos nos roben y nos tomen por idiotas; no me gusta que se fomente el odio ni tampoco que se boicoteen los productos catalanes porque también son los nuestros; no me gusta que se persigan las ideas pero tampoco que traten de imponerse. Prefiero el diálogo al enfrentamiento, no deseo que metan a nadie en la cárcel pero tampoco quiero que se eludan responsabilidades. No quiero víctimas ni mártires y no quiero que si todos somos iguales ante la ley haya alguien que se sitúe por encima de ella. Quiero que el tiempo destierre el odio y que el afecto restaure la convivencia.

Nota: De nuevo la crónica queda superada por los acontecimientos inmediatamente posteriores a cuando fue escrita, pero la esencia es la misma. Gracias

Ver Post >
Después de la batalla
img
María Antonia San Felipe | 28-10-2017 | 12:39| 0

ana-gabriel-y-puigdemontEstamos instalados en el vértigo que produce la incertidumbre. Cuando escribo estas líneas para mi encuentro semanal con todos ustedes, aunque se divisa el humo del incendio, nadie sabe cómo terminará el conflicto catalán pero hay cosas que sí sabemos.

Sabemos que ocurra lo que ocurra el fracaso huele a desastre. Los ciudadanos lo sabemos desde el principio ya que los platos rotos los vamos a pagar, como siempre, la mayoría social de este país integrada por trabajadores, autónomos, pequeños y medianos empresarios y, no lo olvidemos, un importante porcentaje de españoles (y catalanes) en riesgo de exclusión social o directamente pobres. No resulta sencillo comprender cómo hemos llegado hasta aquí, pero sí conocemos que hasta este punto nos han traído una ristra de irresponsables que han liderado la travesía sin mirar más allá de sus propios intereses. La irresponsabilidad política en toda España es muy barata, con culpar a los otros y hacerse las víctimas algunos esperan que se les perdone lo imperdonable.
Hay un poco de hartazgo en la gente, pero el hastío no debiera sofocar nuestro compromiso social. Tras sufrir una penosa crisis económica que se ha solventado sobre nuestros riñones y a costa de nuestros derechos ahora nos han instalado en este punto de no retorno. En la incertidumbre hay una única verdad que pase lo que pase las heridas, los daños colaterales, las pérdidas de empleo, es decir, la factura va ser nuestra.

Sorprende que a lo largo de esta crisis se hayan agitado muchas banderas, convocado en las plazas públicas las emociones identitarias mientras se han ocultado los problemas sociales. Los independentistas de izquierda o los herederos de los anarquistas catalanes de la CUP no hablan de la factura social en términos de empleo y de ruptura de la convivencia que la secesión unilateral va a acarrear. Se habla de un nuevo Estado en el que, como en las utopías del siglo XIX, todo será de color de rosa. Pero el sueño, por legítimo que sea, no alcanza a solventar los problemas de muchos catalanes que, en torno al 20% como en el resto de España, no están de ánimo para manifestarse porque tienen el frigorífico con telarañas. Pero no, de esto no se habla.
Los nacionalismos son en esencia insolidarios por eso no entiendo como hay una supuesta izquierda que pueda creer que una República catalana será más igualitaria que la democracia española. No puedo entender que para conseguirla pacten con la burguesía que siempre va a tener una supremacía económica y probablemente política. No entiendo que quieran levantar fronteras en vez de derribarlas, pues el internacionalismo siempre ha sido una seña de identidad de esa izquierda que no son. No entiendo que quieran abandonar Europa salvo que quieran unirse a los ultranacionalistas que pretenden dinamitarla. Como explicó el poeta alemán Bertolt Brecht, rememorado estos días por Nicolás Sartorious, “el nacionalismo de los de arriba sirve a los de arriba. El nacionalismo de los de abajo sirve también a los de arriba”.

Entiendo más a Puigdemont, al fin y al cabo, con su temeraria hazaña pretende defender a los suyos y conseguir la gloria. De sus predecesores en la Generalitat, en la memoria colectiva, solo queda honorable el histórico Josep Tarradellas que, tras su regreso del exilio, fue consciente de la clase de político que era Jordi Pujol, hace tiempo sepultado por la corrupción. De los fracasos de Artur Mas habrá tiempo de hablar si consideramos que Puigdemont es su mayor éxito.

Cuando esto escribo, no sé si habrá Declaración Unilateral de Independencia y a renglón seguido activación de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Me gustaría que ninguna de ambas cosas sucediera pero lo cierto es que pueden ocurrir las dos al mismo tiempo. Desde el amor a España y a Cataluña invoco al sentido común de Rajoy y Puigdemont. Las consecuencias son imprevisibles pues los daños siempre se evalúan después de la batalla.

Nota: este artículo fue escrito el miércoles 25 de octubre. La peor previsión se ha cumplido. Hoy sabemos el desenlace y la tristeza que produce una situación incontrolable. Por muy bien que se hagan las cosas el desgarro social tardará décadas en superarse.

Ver Post >
Quemados
img
María Antonia San Felipe | 21-10-2017 | 7:45| 0

jordi-cuixart-sanchezPortugal y Galicia han pasado días terribles luchando contra la desgracia sobrevenida o provocada. Han perdido a seres queridos, sus hogares, sus pueblos, sus bosques y todo aquello que ahora forma parte de sus recuerdos. Han combatido con valentía y dolor contra los elementos, la indignación camina junto a su dolor tras muchos años de cíclicas desgracias no siempre bien atendidas por los poderes públicos.

Pero ni la virulencia de esta catástrofe ha podido desplazar el foco de atención de Cataluña. Quienes apostaban a que cuanto peor, mejor, ya han conseguido su objetivo. Partidarios de ello los hay en ambos lados y se alimentan entre sí. Esta historia no es nueva, es la rueda de los extremos que se tocan y que no para de dar vueltas en el tiempo de la historia. Los malos siempre son los otros, un juego muy beneficioso porque las culpas y las responsabilidades siempre quedan en el otro lado.

Últimamente está de moda criticar el período de la Transición, sobre todo por quienes no la vivieron. Es uno de esos mantras que de tanto repetirlos pueden parecer verdad, eso es porque vivimos tiempos de la posverdad, es decir, tiempos en los que la mentira brilla con más fuerza que la desnuda verdad. Ahora se lleva decir que vivimos prácticamente en una dictadura. Quienes la vivieron y sufrieron la vulneración de derechos universales, que ni siquiera les eran reconocidos, sienten un revoltijo en el estómago porque ellos sí conocen la diferencia. En la Transición, hubo errores, a qué negarlo, pero en aquellos momentos el objetivo era dar un portazo a la dictadura para conseguir la democracia. Cuarenta años después no dudo que es momento de mejorar algunas cosas, de fortalecer los mecanismos democráticos, de poner coto a ciertos abusos que pervierten nuestro cuerpo legal o de encajar un modelo federal pero nuestra democracia, aun imperfecta, tiene mecanismos y cauces que deben utilizarse.

Puedes considerar excesiva la decisión judicial de decretar prisión preventiva sin fianza para Jordi Sánchez y Jordi Cuixart, por la presunta vulneración de las leyes que no por sus ideas. Puedes manifestarte en solidaridad con ellos, puedes criticar la decisión judicial pero afirmar que son presos políticos me parece fuera de lugar. No hay que ser muy listo para deducir que esa decisión judicial ha dado un nuevo balón de oxígeno a los independentistas y ha encendido de nuevo las calles, pero todo ello son excusas para conseguir un relato épico con el que justificar el mantenimiento de una decisión, de una declaración de independencia unilateral que nadie sabe adónde lleva.

Hemos llegado a un punto en el que, aunque hubiera un acuerdo, aunque se adoptara la salida menos mala, que debiera ser la celebración de elecciones convocadas por Puigdemont, el destrozo a la convivencia es un hecho no reversible en el corto plazo. Los muros de odio perduran más que los de piedra. Creo que la Transición tuvo errores pero también generosidad y ello consiguió evitar una fractura social como la que actualmente se está viviendo en Cataluña. Las heridas abiertas costará décadas cerrarlas. Desde lo alto del precipicio, que es donde nos encontramos, echo en falta gente que mire lejos, que cohesione en vez de cavar trincheras, que renuncie a vencer para que todos ganen. Echo en falta a valientes que sepan reconocer errores en vez de empecinarse en ellos. Echo en falta ver en el horizonte el arco iris que anticipe el final de la tormenta.

Sumida en esta tristeza confieso que la mejor noticia de la semana ha sido pequeña pero hermosa. Un perro ha salvado a una niña de dos años perdida en el monte de la pequeña localidad de Gil García (Ávila). El podenco ladró hasta que el dispositivo montado por la Guardia Civil la encontró dormida al calor de su regazo. La ternura de la escena que podemos imaginar esbozando una sonrisa reconozco que no logra ocultar el incendio en el que Cataluña y España se queman.

Ver Post >
Funcionaria. Aficionada a la escritura que en otra vida fue política.