La Rioja
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Aficionados logroñeses de la selección viendo por la tele de un bar el Mundial de Sudáfrica. Foto de Juan Marín

 

Uno. Bar Chacal, calle Fermín Irigaray. Un discreto pasadizo entre avenida de La Paz (entonces dedicada al general innombrable) y Duquesa de la Victoria. 1979, final de la Recopa, torneo menor ya desaparecido. Me cuelo en el local acompañado de un compinche, fanático del Real Madrid. Que accede a seguir mis pasos con la esperanza de que nos dejen ver el partido por televisión, izada sobre la puerta. Fingimos más edad de la que tenemos (yo, casi un párvulo: 16 tacos), nos apoltronamos entre las parejitas que se meten mano en el piso superior y asistimos a una proeza jamás vista por mis ojos: el Barcelona llevándose un título europeo ante el Fortuna de Dusseldorf, un equipazo de leyenda que todo el mundo ha olvidado, comandado por los hermanos Allofs según recuerdo. El Barça, dirigido por Quim Rifé (me encantaba ese nombre), se lleva la púrpura en un partidazo del Lobo Carrasco, aquel mago que necesitaba un par de balones para él solito. Euforia máxima: un clímax tan mayúsculo que nos vamos sin pagar. El dueño nos grita algo desde la esquina. Echamos a correr hacia avenida de Colón: qué felicidad. Mi primer simpa.

Dos. Una noche de diciembre de 1983, una breve multitud transita por la calle Laurel. De vez en cuando, los chiquiteadores incondicionales de las infinitas rondas ingresan en algún local que dispone de televisión, que todavía por entonces tenía algo de extravagante rareza. Mientras trasiegan aquellos trallazos de trillita llamados vinos de la casa, vigilan de refilón el España-Malta. La proeza es imposible. Ganar por más de once goles es un prodigio que ni siquiera se cumple en el torneo de verano de Cantabria, referencia futbolera local de la época. Son los primeros 80 pero la Movida ni siquiera existía (o no nos habíamos enterado de ella por casa, lo cual viene a ser lo mismo). Quiere decirse que la juventud contemporánea todavía no gastaba la trenca de Adolfo Domínguez, tan célebre: se llevaba más una especie de chambergo intitulado coreano, que nos protegía de la intemperie entre bar y bar. El Donosti, por ejemplo, defendido entonces por Juanito y familia. Donde acabamos imantados ante la tele: los goles, oh maravilla, iban cayendo como las hojas en otoño. Lo imposible parecía posible, que diría Rajoy, a quien ya estamos echando de menos. Y llegó, claro que llegó. Llegó el gol de Señor, el gol de José Angel de la Casa y el mío, en la portería custodiada por el patrón del Donosti. Porque con la euforia del 12-1, media barra se fue sin pagar. Aún siento remordimientos

Tres. Ese gol coreado por un gallo antológico que permanece en la memoria de una generación abrió la puerta a la Eurocopa’84 que seguí desde el bar más futbolero de Logroño. El Negresco, alabado sea El Orejas. Sus pizarras, como las del Carabanchel cercano, marcaban los goles en cada división nacional con la misma puntualidad y eficacia que internet, ese invento cuyo creador tal vez se inspirase lejanamente en aquel carrusel de tiza. El local de Martínez Zaporta garantizaba además una frescura inigualable. Ideal para los partidos de la últimas tardes de primavera, cuando el calor empieza a apretar y se agradece que los ánimos se enfríen: lo propio de cuando jugaba la selección de entonces, siempre tan tiritona. La guiaba el mítico Miguel Muñoz, a quien atribuían aposentar sus posaderas sobre una flor que le acompañó hasta la final del torneo, que tuve la desgracia de visionar (entonces se empleaba mucho ese verbo) en la soledad del hogar familiar. No fue el caso de la fase de grupos: el Negresco fue mi hogar provisional hasta que una tarde, mientras concluía no sé qué partido, dejé por unos segundos la silla, me acerqué a la barra a pedir algo y cuando regresé a mi asiento, lo encontré ocupado por un tipo de aspecto patibulario, pionero en el arte del tatuaje, a falta de un par de afeitados y pinta de llevar encima mucha mili. Ah, bendita inconsciencia juvenil. Decidí plantarle la cara y rogarle educadamente que se levantara, mientras la selección sesteaba por la tele. Un silencio glacial inundó el bar. El caballero me miró como si estuviera ante un extraterrestre, se puso de pie hinchando el plexo torácico y acercando mucho, mucho, mucho (pero que mucho) sus ojos a los míos me respondió que no le daba la gana. Tenía intención de plantarle la cara (sí, de nuevo la bendita inconsciencia juvenil) cuando el amigo Luis Santos se me acercó. Me tomó por el brazo y me condujo a la salida. Protesté. Le dije que no había pagado la consumición pero no me hizo caso. “Anda, vete para casa, hijo”. Y me fui sin pagar. Yo empezaba a ver una pauta en todo eso.

Cuatro. Mundial de México de 1986, gran acontecimiento: llegan a España las pantallas gigantes. El Kaiser, legendario local al que dediqué ya alguna entrada hace tiempo, luce la primera que dispuso un bar de Logroño. La noticia corre como la pólvora entre los veinteañeros locales, que ni siquiera sabían de la existencia de esa calle (Labradores) y mucho menos de una barra con semejante nombre. También lo desconocíamos todo sobre su plato estrella, la hamburguesa, que nos sonaba demasiado yanqui cuando aún cometíamos la tontería de adorar al Che, enfermedad de la que algún compañero de quinta sigue sin curarse. La selección nacional va avanzando hasta la orilla final donde solía morir, pero ese triste epílogo todavía lo ignorábamos mientras asistíamos a esas hazañas en tamaño king size que procuraba aquel megapantallón donde vimos los cuatro goles de Butragueño en Querétaro y la pifia de Eloy ante Bélgica, el penalti fallado que nos devolvió a la realidad. Y que también nos devolvió a casa. Y que a mí me devolvió a la vida cotidiana: la humilde pantallita en blanco y negro del Tívoli, donde vi la mano de Dios de Maradona y el golazo que precedió al de Messi ante el Getafe anotado esta vez para superar a los belgas y llegar a la final, que seguir desde la terraza de Bretón de los Herreros, tan querida. De donde era por cierto muy frecuente irse sin pagar: no fue mi caso. Me hacía mayor y renegaba de la tradición. Aunque siempre me pregunté quién se ocupó de pagar las cervezas el día que desalojamos el Kaiser tras doblar la rodilla ante el guardameta Pfaff y resto de diablos rojos. Creo que ese no fui yo.

Y cinco. En 1981, había asistido a un prodigio. El Amazonas, bar de Jorge Vigón que contaba al fondo con una salita donde se jugaba a las cartas y de vez en cuando se veía la tele, fue el lugar elegido para deleitarme con la primera final de Copa de Europa que vi disputar al Real Madrid. Sí, el de Florentino, cuyo reino ya se sabe que no es de este mundo sino galáctico. El mundo propio de los seres superiores. Sí, fue fantástico: era el único de toda la concurrencia que quería que ganara el Liverpool, lo cual me hacía ya entonces sentirme un mal español. Gozo doble, por lo tanto: ah, la irreverencia adolescente, cuánto la añoro. El partido fue un tostón. Tan aburrido que sólo recuerdo de aquella noche el clímax. Enfilaba la recta final cuando un tuercebotas llamado Alan Kennedy, lateral izquierdo de mis adorados Reds, ató la pelota a la puntera, caminó con ella hacia la portería y chutó con tal puntería que obró el maravilloso milagro de silenciar a la cuadrilla de beodos adoradores del club merengue que me acompañaban. Yo había quedado para ver el partido en otro bar que no recuerdo, pero me confundí de sitio. Para cuando observé que ningún amigo me acompañaba, estaba ya demasiado absorto viendo a toda aquella parroquia exultante porque se veía segura de la victoria madridista y pensé la maldad siguiente: no quiero perderme qué sucede si la Copa viaja a Liverpool. Que fue lo que ocurrió, para mi íntima satisfacción: tuve que contener la alegría con tal intensidad que alcancé la calle y es posible, sólo posible, que me fuera del bar sin pagar. En justa venganza, el dios del fútbol me condenó 34 años después a a aceptar la derrota en ese mismo torneo del amado club de Anfield, con la famosa llave de judo incluida.

De donde deduzco que sí: que me fui sin pagar del Amazonas.

P. D. Vienen a cuento estos recuerdos ahora que observo la tradición tan extendida de dirigirse al bar favorito para observar las maniobras de Iniesta y compañía. El fútbol encuentra en las pantallas de las barras de guardia, o en las terrazas de ciertos locales, su aliado predilecto, aunque desde luego ha degenerado hoy en un tipo de juego que yo a ratos detesto. Todo choque ahora es falta, si el choque es muy abrupto merece siempre tarjeta (una obsesión compartida entre locutores, futbolistas y árbitros, claro) y si ocurre en el área, penalti fijo, sobre todo con tanto jugador ducho en el arte de la simulación. Así que cada partido es una invitación a que surjan por el campo unos cuantos francotiradores, que disparan misteriosos misiles con tal acierto que los jugadores se desploman… a la misma velocidad del rayo con que luego se levantan una vez conseguidos sus objetivos. Cómo será que ha nacido una estrella reciente a quien apodan Penaldo, auténtico as de estas payasadas, con perdón para los payasos. A mí me aburren tanto como ese invento reciente, el llamado VAR. Que sólo se salva porque esa denominación me permite el tontorrón juego de palabras con que titulo estas líneas mientras trato de recordar lo antedicho: si pagué o no pagué todas esas cuentas. O si me fui sin pagar.

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Viva La Gallega

La Universidad y La Casita, en la Travesía de Laurel. Foto de Justo Rodríguez

 

Hace alguna tarde me ocurrió en un suceso memorable. Sentado en la mesa de una taberna gallega, pedí una jarra de Ribeiro, que la camarera allegó a mi mesa acompañada de unas pequeñas tazas de cerámica, donde depositó ese néctar. Sufrí una regresión de inmediato. Volví a verme de chaval, acodado en la barra de cierto bar de la calle Laurel (su Travesía, más exactamente), atacando una pócima similar en una vasija semejante. El bar se llamaba La Universidad. Y puesto que lo atendía una camarera gallega, tenía sentido atreverse con el Ribeiro de la casa, que entonces (antes de la globalización hostelera) todavía conservaba un punto exótico. Aquellas jarritas marrones se alojaron en mi hipotálamo para los restos, por lo que observo. Y llevarse tantos años después aquel bebedizo a los labios tenía algo de atreverse con el elixir de la juventud. Siento notificar que sin ningún éxito, improbable lector.

Días después, asistí a otro prodigio de este mismo linaje galaico-riojano, lo cual me convenció de que le debía unas cuantas líneas a la añorada dama. Crucé ante la puerta de uno de los bares que defiende su prole en esa esquina de nuestro itinerario favorito y observé su renovada fisonomía, dotada de un excelente gusto. La herencia de aquella extraordinaria mujer cuyo nombre (ay, lo siento) he olvidado se desdobla al menos para mi memoria en un par de barras medio vecinas en la calle Laurel, aunque yo siempre la recordaré al frente del bar llamado La Universidad: la primera universidad con que contó Logroño. Un tributo tal vez al remoto campus compostelano.

La gallega (así la llamamos: así la seguiré llamando) ofrecía no sólo vino de Ribeiro y algunas golosinas que nuestros bolsillos adolescentes no se podían permitir. Ofrecía sobre todo simpatía, el factor esencial que buscamos en nuestros camareros predilectos. Que ella regalaba en generosas dosis. También nos despachaba con idéntica prodigalidad algo que también buscábamos, aunque sin saberlo. Comprensión. Escuchaba las cuitas de sus clientes más jóvenes como si de verdad le interesaran. En aquellas confidencias que ella atendía gentil se sustanciaba la eterna angustia que procura la juventud, de la cual sólo te enteras cuando has pasado a la siguiente etapa de tu vida. Algo de lo que ella también entendía: con mucha mano izquierda, la eterna sonrisa tan contagiosa como inolvidable, guiaba tus pasos hacia una suerte de espacio placebo. Que eso era su bar. Una universidad de cuanto la vida nos iba a ir enseñando.

Así la recuerdo hoy. Diligente, elegante, discreta. Una mujer muy atractiva, con su roja cabellera incendiada, flameando a lo largo de la breve barra. Una camarera modélica. Todavía por entonces (finales de los 70, primeros 80) era raro encontrarse por el corazón de Logroño con un bar atendido por una mujer. Aquella extravagancia para la época se disolvía pronto en la atmósfera de normalidad con que ella presidía su quehacer. Una estupenda profesional, de esas que ya no quedan apenas. Que sabe cuándo necesita su parroquiano alguna palabra o cuándo prefiere la discreción; en esos momentos, se mantenía agazapada en un rincón, secando los vasitos de cerámica. Hasta que volvía a sonreír iluminando el bar entero, lo cual solía ocurrir cuando entraba una cuadrilla de alevines de chiquiteros. Le atraía la clientela más joven, un cariño recíproco: La Universidad fue uno de los primeros bares donde quienes nos empezamos por entonces a afeitar no nos sentíamos incomodados ni intimidados por la feligresía senior. Donde fuimos universitarios sin saberlo. Y sin saberlo además nos dio clases una estupenda catedrática en los conocimientos que más necesitábamos: los de la vida. Que luego seguimos aprendiendo en el bar abierto un poco más allá, La Casita.

Aquella leyenda de la calle Laurel falleció prematuramente. Recuerdo poco de aquellos años, pero no olvido que un día me estampó dos besos (uno en cada carrillo) en homenaje a un reportaje que acababa de publicar, protagonizado por una de sus hijas, entonces una precoz amazona que destacaba en el mundo de la hípica. Cosa que yo ignoraba mientras entrevistaba a la chiquilla. Brindamos con las tacitas de Ribeiro y me alejé de su bar, que dejé de frecuentar: también en nuestra conducta como parroquianos nos dejamos llevar por las modas. Las últimas veces que la entreví desde la puerta ya no me recordaba tanto a la mujer que conocí. Le costaba sonreír. Señal de que venían tiempos fatales, aunque en cierto sentido le acompañó la suerte que a muy pocos seres humanos distingue: tiene la fortuna de no ser olvidada. No creo equivocarme si concluyo estas líneas, mientras paseo de nuevo por este tramo de calle, que ese sentimiento que mantengo en fidelidad hacia ella por los buenos ratos compartidos será una emoción común para una generación de logroñeses. Que no la olvidan. Para quienes nuestra querida gallega siempre estará viva.

P.D. Gracias a la web de la calle Laurel me corrijo a mí mismo: sí, sí recuerdo cómo se llamaba aquella camarera gallega. Se llamaba María Luisa. En la web se anota que fundó en 1987 La Casita con su marido, José Andrés, y que su hija Esther se ocupa hoy de seguir los pasos familiares recién renovada la fisonomía del bar con una imagen muy de mi gusto, como ya he mencionado arriba. También registra la misma web que La Universidad, el bar fundacional bautizado con el paso del tiempo como pulpería, nació allá en 1978. Y que, en efecto, conserva sus tacitas de Ribeiro. Esa punzada madrileña en mi corazón tan logroñés que disparó estas líneas.

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Oporto en sus bares

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Le llaman la ciudad gris. El comentario se le escapa a una guía que conduce a mi lado a una reata de turistas entre la Torre de los Clérigos y las vecinas iglesias carmelitas. Gris tiene en nuestro imaginario como hispanohablantes una condición peyorativa, como sinónimo de mediocre, triste o sombrío. Pero este gris de Oporto es un gris distinto. Un gris azulado que paradójicamente abrillanta nuestros pasos mientras deambulamos entre su adoquinado. La luz gris en la incierta hora del amanecer se derrama sobre el Duero, que ejerce como espejo y la devuelve corregida y aumentada, proyectando sus haces sobre la ciudad toda, cuyas bodegas al otro lado del río ejercen igualmente como faros. Faros de luz gris, atonal, que proyectan su propia iluminación sobre las barras conspicuas. Por ejemplo, los bares de vino (de vino de Oporto, claro) y los cafés al estilo centroeuropeo: aunque esquinada a esta orilla atlántica del continente, la capital del Duero pertenece al linaje de las grandes ciudades europeas que entronizaron el café como la acabada muestra de civilización que representa. Así que Oporto presume de ellos: esa tríada de locales memorables por donde el visitante se dispone a curiosear recién deshecha la maleta.

Primera etapa, el Majestic. Imposible ingresar: el viajero, que anduvo por aquí hace una década cuando Oporto todavía no figuraba entre los destinos favoritos del turista (cuando el turismo tampoco era aún lo que hoy es: el monstruo que viene a visitarnos), recuerda aposentarse en sus veladores a ver pasar la vida. Opción descartada ahora cada vez que desfila ante sus puertas, porque hay que hacer fila. Fila larguísima y perenne. Una legión de clientes aguarda paciente turno frente a la bella filigrana modernista de su fachada y mira por entre los ventanales hacia el interior, a ver si hay suerte y algún parroquiano deja su silla libre. De modo que el paseo prosigue hacia el vecino A Brasileira, otro bellísimo ejemplo de que otros bares eran posibles. Su acogedora decoración art déco justifica la presencia constante de turistas (sí, otra vez) fotografiando su entrada, pero aquí dentro hay espacio de sobra: ejemplar servicio, tarifado a precios comedidos como en el resto de la ciudad y una idea de confort muy perfeccionada, como era norma antaño en tantos bares semejantes.

Tercera posta, el Guaraní. También exhibe un encantador ambiente, una atmósfera silente y gentil donde es incluso posible escuchar el silencio o asombrarnos con el eco de nuestras propias voces. De nuevo, un servicio de modélica profesionalidad, que despacha un café y un cruasán por apenas un par de euros (repito, dos euros: en Oporto se rigen por precios anteriores a la moneda única) y y te regala además unas estupendas vistas a través de las cristaleras hacia la avenida Os Aliados, eje central de esta ciudad que a medida que avanza la mañana va desmintiendo el gris original. Triunfa el sol del mediodía: llega la hora de conocer el resto de la oferta que en materia de bares ofrecen estas calles color marengo.

Que son bares de vinos, claro. En mi pobre experiencia, sólo recuerdo un par de ciudades europeas que puedan competir en esta tipología con Oporto. Se trata de Burdeos, en cuyas calles tropieza el visitante a menudo con locales semejantes despachando el néctar bordelés, y Reims, donde ocurre otro tanto con el champán. Son bares recoletos, que no precisan por lo tanto de grandes alharacas para sorprender al visitante con esas ambrosías alumbradas Duero arriba y acunadas luego en las bodegas de la vecina Gaia, al otro lado del río. Apenas unos metros cuadrados son suficientes para que duerman unas cuantas referencias de tanta calidad como diversidad, servidas en copas como manda Baco a cargo de camareros con un elevado sentido del oficio. Bares minúsculos en algún caso, de encantadora estética, diseminados por el ombligo de la ciudad para gloria del turista universal. Que completan la oferta propia de las mencionadas bodegas, donde el extranjero puede muy bien forjarse una idea de la riqueza vinícola que atesora este rincón de Portugal y llevarse algo de trabajo a casa: de regreso al hogar podrá avanzar en su placentera indagación no sólo alrededor de los vinos dulces que han dado fama a los nativos sino estos otros tintos y blancos que forman una gozosa baraja de posibilidades para atrapar el alma del país a través de un itinerario inigualable. A través de sus vinos, por supuesto.

Aunque no sólo. En mi peregrinaje por la ciudad, caí en la jurisdicción de dos propuestas hosteleras, bien singulares. Ambas forman parte del collage de fotos que ilustran estas líneas. Por un lado, el mercado de Matosinhos, barrio oceánico dotado de alta personalidad, donde el cliente puede aprovechar para hacer la compra mientras disfruta de un trago en uno de los bares de su perímetro interior. Nada que no hayan visto mis ojos en otras esquinas de España pero que no termina de fraguar por Logroño. Y dos, algo también mil veces visto: una terraza al borde del mar, cuya imagen también aparece ahí arriba. Pero esta es una terraza con valor añadido: se sitúa también en Matosinhos al lado de las famosas piscinas debidas del ingenio de uno de sus más prestigiosos vecinos, el multipremiado arquitecto Álvaro Siza. Unas piletas que surgen del contacto con la mar océana, ese espectáculo que no termina nunca de cansar a quien nació tierra adentro. Que se imagina a sí mismo con facilitad gozando del paisaje apoltronado en una de estas butacas. Disfrutando de un tawny o un ruby. O de un cortadito, que aquí llaman pingo, hermosa voz.

Otras razones para regresar siempre a Oporto. Como la sorpresa que encontré en otro de mis paseos, que me sirve para cerrar esta entrada. El local llamado Miss Pavlova, coqueto café alojado fuera de la mirada de los curiosos: al fondo de una tienda de regalos, bazar o lo que sea, ubicada al lado de Aliados. En la rúa Almansa, este discreto café camulflado ofrece (según dicen los reclamos) la mejor tarta de Oporto, de crujiente merengue y relleno de crema. Para dar con semejante golosina, se tiene que atravesar el comercio que la alberga: una especie de juego de muñecas rusas hosteleras. Un bar de sutil delicadeza, el atributo que resume las grandes virtudes de Oporto en sus bares: el discreto encanto de la hostelería.

P.D. Si llega de Logroño, cliente de cualquier bar de Oporto se maravillará cuando se vea dominado por un placer antiguo, que antes no era tan extraño en nuestros bares. El silencio. Uno se sentaba en su local predilecto y milagro: aún podía escuchar su propia voz. También la del compañero de barra, hazaña que hoy exige acabar medio afónico. Ocurría tal milagro antes de que irrumpiera en el servicio hostelero una generación de camareros que habían visto denegada su inclusión en la sección de metales de la Filarmónica de Berlín. En venganza, se desparramaron a continuación por nuestros bares favoritos, donde cada día perpetran su propia fanfarria: ese estruendo de vajillas que chocan entre sí, el formidable estrépito de la cristalería, el ruido aparatoso de la cubertería… Y el momento cumbre: cuando se vacía el lavavajillas, ese clímax que haría tan feliz a Von Karajan y obliga en consecuencia a la parroquia a entenderse entre gritos, incapaz de escucharse a sí misma entre el barullo que forman también el altísimo volumen de la televisión que casi nadie ve y la banda sonora que nadie ha pedido, música de ascensor que estropea el momento íntimo que uno aspira a encontrar cuando le despachan un trago. Un trago y una dosis de silencio. Justo lo que todavía se encuentra en los cafés de Oporto, en sus bares de vinos.

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Gil de Gárate, bares para todos

 

Vista del comienzo de la calle Gil de Gárate, con alguno de los bares más cercanos a la Gran Vía. Foto de Justo Rodríguez

 

Cuenta desde antiguo un buen amigo que Gil de Gárate lo tiene todo para triunfar como calle propicia para instalar un bar. Sobre todo, si se decanta por instalar terraza adicional. Por dos razones. La primera, que se trata de una calle, como corresponde a las alumbradas por esa época en que se urbanizó el sur de la Gran Vía, carente de garajes, lo cual evita el tránsito constante de vehículos que entran y salen y tanto incomodan en otras calles peatonales cuando uno se aposenta en su velador favorito. Y dos, que parece tratarse de una calle fresquita. Donde la temperatura en verano no alcanza los rigores propios de la canícula inherentes a otros rincones de la ciudad. Donde da gusto sentarse porque corre el aire. Yo añado otro motivo, muy evidente, que ayuda a explicar el auge de Gil de Gárate como escenario de las rondas logroñesas: que está en el centro de Logroño.

Y que posee además una particular personalidad, desde los tiempos en que se llamaba como el aborrecible general, de cuyo nombre no quiero acordarme. De entonces datan mis primeras exploraciones por Gil de Gárate: de la época en que todavía resistía allí el Paulino, bar de acusado y misterioso encanto. Fin de la ronda: en el Paulino nacía y también moría cualquier amago de atractivo en materia de bares por aquella calle, aunque resulta que los había. Y desde luego los hay. Hoy, en su última encarnación, el Paulino cerró y ahí sigue su cancela clausurada. En otros tiempos, hubiera significado el fin de la calle como itinerario para nuestros pasatiempo predilecto, pero hoy su puerta cerrada apenas representa un leve contratiempo. Un obstáculo que puede subsanarse unos metros más allá, en dirección a Pérez Galdós, puesto que en la otra acera florecen unos cuantos bares que cito en orden de aparición: Sydney (que dispone de otra versión, calle arriba, especializada en condumios de origen argentino), En las nubes (ya mencionado aquí otras veces, a cuenta por ejemplo del cachopo que habita entre nosotros) y La Carbonera (nuevo en esta plaza): un bar de reluciente encanto, que dispone de un coqueto comedor, en cuya barra aconsejo dejarse guiar por su sabiduría en materia de vinos y por algunas gollerías fetén. Por ejemplo, su tortilla de patata, despachada al momento, recién hecha, en un formato muy novedoso. Disfrazada de tortilla francesa.

Y en el tramo entre Pérez Galdós y Somosierra, más y más hitos. Por ejemplo, Los Porrones. O el Perejil (de cuyas patatas bravas guardo por cierto un excelente recuerdo), que sirven como pasarela para la incorporación de esta ronda por Gil de Gárate al circuito que forman otras calles como República Argentina, que alguna vez han aparecido ya por aquí. Como aduana, a cada mano de la calle precisamente en la esquina con Somosierra, ejercen así el Varia como el Jaspyr, local que según mi memoria tiene algo de histórico: lleva allí, sirviendo al propósito de nuclear al conjunto del barrio alrededor de su barra, hace ya alguna glaciación. Vecino por cierto del bar que me faltaba por completar esta relación, que merece un párrafo aparte por su singular tipología. El Bogart. Que es más que un bar: el Bogart es un disco-bar.

Dícese de aquellos bares alumbrados a la luz de las modas musicales, allá a finales de los 70, y de las exigencias de un nuevo tipo de público (que hoy ya estará disfrutando, se supone, de las ventajas de la jubilación) que reclamaba bares donde mover el esqueleto, por recuperar un tropo propio del lenguaje de aquel tiempo. Bares de horario vespertino-nocturno, que organizaban su espacio para asegurarse de que contaban con sitio para dos elementos complementarios: una breve pista de baile, coronada a menudo por la célebre bola de cristalitos, y una zona opaca, allá al fondo. Dotada de su mullido peluche, que tendía a fagocitar hacia su interior a las parejitas que gozaban de esa privilegiada ubicación, ajena al escrutino público y poco o nada dotada de iluminación. Ah, el amor. Cuántos logroñeses tendrían a Bogart por Cupido. El conjunto (del Bogart y de cualquier establecimiento de su linaje) se completaba con la cabina del pinchadiscos (D.J., o dillei, en la jerga de quienes no conocieron la mili), combinados camp (el Licor 43, por citar un caso famoso en su día, mezclaba muy bien con la cocacola) y mucho pantalón no menos camp: más bien, campana. Pantalón campana para el chico y para la chica. Opcional, pata de elefante.

De modo que el paseo por Gil de Gárate concluye. En su entorno, ya se ha dicho que florecen otros locales de resplandeciente presente, merecedores de su propio artículo. Lo cual configura una ruta de grandes atractivos, entre los cuales descuella uno que me parece singular: que hay bares para todos los gustos. Para cada sector de población. Para los chiquiteadores natos y para las nuevas hornadas. Para acompañar la ronda con algún bocado indígena o con otros llegados desde lares foráneos. Hay sitio incluso para las parejitas, las de ahora y las de ayer: las que retozaron en el reservado del Bogart. Las que siguen a tiempo de saborear los placeres que se ocultan en la zona oscura del último disco-bar de Logroño.

P.D. La calle Gil de Gárate ocuparía el primer puesto en el imaginario trono de la hostelería logroñesa si atendiéramos tan sólo a los preceptos de la guía Michelín: allí se aloja el único local capitalino premiado por los inspectores franceses del librito rojo. Un restaurante japonés, Kiro Sushi, donde no tengo el gusto. No es por supuesto un bar, sino una casa de comidas, cuyo libro de reservas me cuentan que recuerda mucho al que regula las visitas a ‘La última cena’ de Leonardo. Así que hasta el día en que pruebe sus viandas, me reservo mi parecer, aunque no me resisto a dejar sentada mi opinión al respecto de su coqueta decoración: desde la puerta, el restaurante rezuma estilo. Un imagen ejemplar. Que dota de un atractivo adicional al conjunto de la calle.

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Una lágrima por el Maltés

Nuria, a la puerta del Maltés. Foto de Justo Rodríguez

 

Cuando un bar traspasa la frontera propia, la inherente a todo negocio de ese ámbito, adquiere otra condición. Se convierte en mito, leyenda, icono. Símbolo de la ciudad que lo alberga. Faro para su clientela, que peregrina hacia esa barra en busca de algo más que un trago, aunque también. Porque ese bar se transforma en cabeza de playa para el desembarco sentimental de sus feligreses. Se convierte en refugio, casi siempre para almas noctívagas que demandan además de su copa alguna ración de cariño. A menudo, les vale con la indiferencia. Conversación amena, tendencia al desparrame, una banda sonora que sea algo más que la típica música para ascensores: todo eso garantiza el Maltés de la calle Bretón. Y algo de magia. La hechicera Nuria despacha desde el año 2000 sus pócimas asegurando lo antedicho, lo cual explica que con el paso del tiempo haya convertido su local en eso: en algo más que un bar. El territorio de las emociones compartidas: esa atmósfera tan particular que nace cuando el dueño del bar amenaza con convertirse en un cliente más. Y cuando los clientes sienten ese bar como suyo.

Todo esto se acabó, amiguitos. Acabará el próximo 31 de agosto, según reza la información que de buena mañana ha empezado a circular por las redes. Por las redes sociales y por esa inmensa red llamada Logroño, a golpe de cotilleo y macutazo. Queda por lo tanto probado que el Maltés tiene para sus incondicionales la categoría de emblema. Bandera de la noche logroñesa, como la propia Nuria confesaba en este mismo blog, hace un par de años. Allí, entre menciones a Peret y otros dioses menores que alimentaron tantas noches en vela, la ideóloga del Maltés repasaba la trayectoria del bar y concluía sus confidencias con la siguiente frase: “Mi único  deseo es seguir divirtiéndome. Y mientras mis clientes  me sigan acompañando,  yo sigo”.

Bueno, pues este paseo ha terminado. Mejor dicho, quedará clausurado este verano. De modo que hasta que muera agosto queda tiempo para seguir disfrutando de la oferta que el Maltés garantizaba. Tragos, rumbas y rocanrol, los himnos que alguna vez seguían sonando tertulia mediante en la misma puerta del bar, cuando cerraba sus puertas pero sus parroquianos mantenían la sana costumbre de la charla semidipsómana en la calle: quedaban muchas cosas que decir, demasiadas historias que contar. No merecía la pena marcharse a casa: había que atender a Nuria y al resto del equipo médico habitual.

En esas mismas redes sociales donde se anuncia la penosa noticia de su cierre, parece fraguarse un movimiento popular que permitiría resucitar al Maltés. No tiene por el momento demasiada consistencia: de hecho, parece apuntar tanto en la dirección de convencer a Nuria de que resista al frente de su barra como a que la movilización popular se ocupe, un poco en plan asambleario, de que el bar sobreviva. No sé si ocurrirá alguno de esos milagros. Uno sospecha que cuando se cierra un negocio de esta clase, será porque sobran los motivos. Y no imagino a la clientela fija haciéndose con las riendas del bar, modelo autogestión: conozco a alguno de sus miembros y, la verdad, da mejor el tipo a este lado de la barra que gestionando su interior. Baco no lo quiera.

De modo que habrá que dejarlo estar. Si Nuria lo ha decidido, tendrá que ser así. Una pena, en todo caso. Aunque siempre quede el consuelo, semejante al que han deparado otras despedidas semejantes, de que el Maltés sobreviva en los corazones de quienes bien le han querido. Es un triste consuelo, pero consuelo al fin: de otros bares jamás se podrá decir lo mismo. Claro que existe una explicación para que en su adiós siga reconfortando a sus fans, para que continúe brillando su luz allá al fondo de la calle Bretón: como la propia Nuria confiaba en aquella entrevista, la clave de su éxito residía no tanto en su oferta hostelera como en lo antedicho. Su estatus de brújula logroñesa para espíritus indómitos, rumberos y rocanroleros. Porque el Maltés, subrabaya ella, “es como una burbuja, como un agujero negro». Ese cosmos se dispone a perder una pieza, mientras al fondo suena Gato Pérez, por ejemplo. O las evocadoras palabras de Nuria, que piden mármol: «Tanto doy a mis clientes, tanto dan ellos».

Diste tanto, Nuria. Diste mucho. Diste demasiado.

P.D. Quienes hayan conocido a Nuria en su actual encarnación, no habrán olvidado anteriores apariciones estelares al frente de ciertas barras conspicuas. Plas o Isopo, por ejemplo, locales que duermen el sueño de los justos y apenas dirán algo a las generaciones impúberes. Defendió también otros bares de la vecina Laurel y encontró su sitio hace 18 años en este breve y subterráneo espacio, cuya atmósfera inigualable le tiene como jefa suprema. Sola, o en compañía de otros. Sus parroquianos predilectos, entre quienes Nuria citaba en aquella entrevista al célebre Walsky. Así que se hará raro: se hará raro tropezar con esa puerta cerrada. Sin Walsky dentro. Sin Nuria sentenciando lo siguiente: «Aquí se  bebe de todo. Bueno, mis clientes en realidad se beben  lo que yo les ponga».

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Ah, la tortilla

Miembros del jurado, durante su deliberación en el concurso de tortillas. Foto de Justo Rodríguez

 

Ah, la tortilla. La tortilla española, con permiso de Puigdemont y su particular muñeco Rockefeller, al que llaman Torro. Nuestra particular magdalena proustiana. Ese bocado que cada cual asegura haber saboreado en el culmen de su excelencia en el hogar familiar: como la paella o las croquetas, nadie hace la tortilla mejor que nuestra señora madre. Aunque luego debemos reconocer que, ejem, algunos fogones cercanos la despachan estupenda de punto, sabrosa, atractiva. Se exhibe en las barras de confianza coqueteando con la clientela, que posa su mirada sobre ese festín color amarillo que ahora tiende a servirse poco cuajada y que antaño disponía de la contundencia propia del recetario de después de la guerra (incivil). La tortilla, ante la cual nos postramos de rodillas cuando entramos en nuestro bar favorito. La tortilla, que nos devuelve a la primera adolescencia: ah, la tortilla de La Viga.

La tortilla que, en fin, protagoniza desde hace unos años un concurso organizado por esta casa, a través de su suplemento Degusta. Por donde han desfilado algunas de las más conocidas de Logroño, ante las cuales me quito el imaginario sombrero, pero que ha servido también para descubrir facturaciones desconocidas por quien esto escribe. Así me ocurrió por ejemplo con la del Serenella: no tenía el gusto, pero desde que ganó el concurso hace algún año, me tiene entre sus devotos, religión que practico sin embargo menos de cuanto quisiera, aunque ahora que vuelve a reinar en el palmarés prometo una nueva visita. Porque sigo siendo fan de las tortillas que me pillan más a mano: ya se ha citado aquí aquellas donde tengo puestas mis complacencias, empezando por la del Sebas. Un bocado más bien sentimental: cuando pido mi platillo que desciende del elevador, me veo de nuevo atacando el pincho de chavalito, escuchando al titular de la casa atacando una jota, piropeando a las chavalas cuando semejante práctica no se había vetado.

Las que ayer compitieron en incruenta lucha protagonizaron un divertido ejercicio culinario-festivo en la plaza de Abastos. Que es un espacio por cierto estupendo para convocatorias de esta índole, que le conceden unos minutos de gloria a sus mejorables días. Los expertos, miembros de un jurado de postín, cataron las viandas presentadas a su dictamen, conocieron las impresiones de los concursantes y discutieron entre sí hasta reconocer a las mejores presentadas en ambas categorías: la tradicional, es decir, la de toda la vida, y la que añade algún elemento adicional para mejorar el producto final (a menudo, sin éxito, según mi humilde experiencia).

Yo acudí en ese peculiar momento que se vive a puerta cerrada, cuando los miembros del docto tribunal aún no han impartido sentencia. Son unos minutos muy interesantes. Me ha tocado presenciarlos cuando Lorenzo Cañas dirigía las operaciones, al frente del jurado, como Napoleón visitando a sus tropas antes de la batalla, animando a los novatos (el pequeño pero Mastercheff Mario, por ejemplo) y adiestrando al resto en la paleta de sabores y aromas que debían calibrar antes de emitir su dictamen. Otro tanto ocurrió ayer: Manolo González, Ventura, Gabi y resto de examinadores caminaban de mesa en mesa, concentradísimos, compartiendo sus hallazgos mientras cerraban los ojos para poner en acción la pituitaria y resto de órganos que miden la calidad de las tortillas presentadas.

Su fallo ya lo habrá conocido el improbable lector en las páginas del suplemento Degusta que publica esta casa cada sábado. Ganó de nuevo el Serenella en la categoría tradicional y el Némesis en la que añade algún otro ingrediente. Escoltaron al primero en el podio la Taberna de Baco y el Ibiza, mientras que al segundo le acompañaron el Oslo II y el Picasso. La Casquería, el bar alojado enfrente del periódico, se llevó el premio del público y La Taberna de Baco repitió éxito: también se adjudicó el premio convocado por Coca Cola por su imaginativo diseño. Tuvo mérito: debieron imponerse a una cincuentena de participantes, ese número limitado por la organización para evitar aglomeraciones el día de la final y para procurar que el jurado no se vea desbordado. Hubo quien intentó apuntarse a última hora y ya no pudo: cerrado el control de firmas. Lo cual desvela el éxito del concurso, aunque su auténtico impacto se genera en sus barras. Donde desembarcarán a partir de ahora los clientes ahítos de satisfacer tanto su apetito como su curiosidad: para saber, en consecuencia, si preparan en estos bares la tortilla mejor que en su casa.

P. D. El debate sobre la mejor tortilla logroñesa admite todo tipo de aportaciones; entre ellas, saber si sabe mejor elaborada al estilo tradicional o cuando se agregan elementos innovadores. De entre las que yo caté, debo confesar que me conquistó el sabor de las primeras: clásico que es uno. Aunque lo mejor de este certamen, cuyos resultados no deben tomarse como prueba científica sino como una invitación empírica que admite por supuesto otras valoraciones, viene luego. Cuando ocurre lo antedicho: cuando los concursantes premiados lucen en sus negocios el cartelito que les acredita como tales, atraen a una clientela nueva y acaban con los músculos maltrechos de tanto batir huevos, tanta sartén volteada y tanto plato servido a velocidad de vértigo. La parroquia conspicua, de paso, puede presumir de que ella ya lo sabía: que ya sabía que en esa barra de su predilección se despachaba una tortilla fetén. Unos y otros, los feligreses recién llegados y los veteranos, contribuyen a mejor las finanzas del local ganador gracias a su tortilla. Con o sin.

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