La Rioja
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Todos eran mis pinchos

Cartel con los pinchos a concurso

 

En el frontispicio de este blog ya quedó el improbable lector avisado: de qué hablamos cuando hablamos de bares. Respuesta: de sentimientos. De la construcción de nuestra identidad, tan asociada al itinerario eterno por nuestras barras predilectas. De emociones coincidentes. Así que todo trago debería contener una generosa dosis emotiva para conquistar de verdad nuestros corazones, igual que cuando atacamos nuestros bocados favoritos. ¿Puede cautivar nuestro espíritu la ingesta de un bocadillo de tortilla? Por supuesto. Sobre todo, si semejante prodigio ocurre en la coyuntura apropiada, rodeado del contexto adecuado. Esa magia. Cuando nos convertimos en parroquianos de nuestros templos de confianza. Cuando el entorno conspira para edificar momentos memorables, que apuntan a la parte sentimental de nuestras vidas: si alguien lo duda, le recomiendo que visite el bar Virginia de Nájera con el ánimo predispuesto a dejarse seducir no tanto por las golosinas que despacha (que también) como por la emoción con que son facturadas.

Emoción. Los miembros del jurado que dilucida el mejor pincho riojano del 2018 nos sentamos en las mesitas del bar para asistir a ese milagro: el milagro de la emoción compartida. La que derrocha la matriarca de todo esto, Conchi, mientras nos va explicando cómo ha preparado esta delicia que se dispone a servirnos: el pincho es suculento, glorioso, pero lo que nos conmueve de verdad es su relato. Porque es un relato emotivo. Le tiemblan las manos, tal vez por el nerviosismo, y a veces titubea, también por culpa de la emoción: lo propio de los seres humanos. De los seres humanos racionales y emotivos.

El cronista ya ha llegado hasta este rincón najerino inclinado a dejarse enamorar por el bar Virginia y por su pincho participante en el concurso, porque algo sabe de todo esto: en las páginas de Diario LA RIOJA se publican con puntualidad ferroviaria las ejemplares peripecias que protagoniza Conchi, a quien apodan Mamá África por la generosa entrega con que atiende en verano a los temporeros que acampan por Nájera. Así que ya sospechamos de entrada que nos encontraremos ante una mujer excepcional, augurio que confirmamos en cuanto acude a nuestra vera con unos platillos donde observamos algo más que alimentos. Mucho más. Se trata de un alimento de otro linaje: alimento espiritual. En términos prosaicos, desde luego es un manjar: un milhojas perfecto de punto, en cuyas capas ha ido infiltrando distintas cremas de enorme sutileza y profundo sabor. Remata el pincho con una portada de papel comestible: no en vano, Conchi llama a su pincho La Voz del Najerilla, denominación donde se condensan varios homenajes. Al papel prensa, al periodista de guardia siempre por esa comarca y a los propios valores que atesoran Nájera y sus alrededores: el conjunto del pincho, nos avisará luego, pretende recrear los fardos de periódicos que aguardan cada mañana a sus potenciales lectores junto al quiosco de confianza. Brillante Conchi, brillante el bar Virginia.

Y brillantes en realidad todos esos hermanos que se disputan este sábado en Riojafórum la corona que pone en juego el ganador del año pasado, certamen que también me reclutó entonces para el bendito encargo de jurado. Reitero mi agradecimiento a la organización y reitero además mi enhorabuena: el concurso está milimétricamente bien planificado, cuenta cada año con más aspirantes (rozando los 70 este año), cubre más o menos todo el territorio (cariñoso tirón de orejas a las cabeceras cuyos bares siguen sin animarse: una pena) y sirve para hacernos una idea cabal de cómo están La Rioja y sus bares. Donde hay de todo, por supuesto, como en cualquier ámbito de la vida, pero al menos entre los concursantes se garantiza aquello que deberíamos dar siempre por supuesto pero que (ay) luego resulta que no es tan frecuente: amor por el oficio.

Todo ese arsenal de virtudes lo detecta uno en el Virginia, pero también en el resto de bares de Nájera que tuve la suerte de recorrer. Sus pinchos podrán conmover más o menos, pero todos aseguran un elevado nivel medio. Sus creadores ponen a prueban su ingenio, calibran lo atinado o intrépido de sus propuestas, las someten al inmejorable método de prueba y error. Cuando llega el tribunal, se afanan en defender a sus criaturas, explican con qué vino las deberíamos maridar, de dónde nace su inspiración. Se maravillan cuando ven los pinchos publicados en el cuadernillo que los recopila o en las páginas de Diario LA RIOJA, que les dedica ancho y generoso espacio. Y se emocionan contándonos satisfechos el esfuerzo final con que sirven ese pincho que nace de sus entrañas y someten al veredicto auténtico: el juicio de la clientela. Que nunca se equivoca, aunque a veces no lleve razón.

He ido observando el mismo comportamiento que aquí detallo no sólo en los bares de Nájera que le tocaron en suerte al grupo de jurados donde me alistó la organización. Las mismas conclusiones extraigo de mi deambular por Santo Domingo, Igea, Calahorra, Pradejón, Pradillo, Sorzano o Logroño. Alto sentido de la dignidad entre los profesionales de cada bar y una generosa dosis de compromiso, con su profesión y con la localidad que les alberga. En algún caso, compromiso mayúsculo, como es norma con los pequeños pueblos donde algunos tienen su sede, esa región interior donde el bar es algo más que un bar: brújula y faro del municipio.

Mientras escribo estas líneas, todavía está pendiente de dictaminarse qué bares se llevarán los mejores premios. Pero este artículo no va de eso. Es una reflexión más panorámica, sin vencedores ni vencidos. Porque según mi veredicto, lamentando de nuevo que no se animen a participar bares de tan entrañables lugares como Alfaro, Ezcaray y algún otro rincón, mi ganador está claro. Ganan La Rioja. Ganan sus bares y ganan quienes los defienden. Y también ganamos quienes les visitamos. Quienes asistimos a la sagrada tradición de salir al indesmayable encuentro con nuestros bares favoritos para que nos atienda, nos den conversación y alivien nuestra hambre y nuestra sed. Para que incluso nos emocionen.

 

Lorenzo, con su pincho. Foto de Justo Rodríguez

 

P.D. Mi admiración por Lorenzo Cañas no cabe en estas líneas. Para corresponder a los altos merecimientos que le adornan, tendría que consagrar un blog para él solito, cosa que el propio Lorenzo descartaría: entre sus virtudes, no es la menor la humildad. Una modestia genuina que hasta hace no tanto tiempo resultaba bastante usual entre nosotros, una actitud muy alejada de estos días en que cualquier medianía de cualquier ámbito reclama la atención del universo mundo para cuanto se le ocurra perpetrar. Naderías, casi siempre. Cañas, todo lo contrario: tiende a huir de la notoriedad, aunque sin gran éxito. Tengo para mí que pocas personas concitan una unanimidad tan coincidente cuando se trata de elegir a un riojano cabal que pudiera representar nuestros mejores atributos. Lorenzo Cañas sería el tipo ideal que los resumiera. Su última y desprendida propuesta se acaba de alumbrar. Con motivo de Fitur, el Ayuntamiento de Logroño pidió a nuestro hombre que ideara un pincho cuyas características resumieran el espíritu (culinario) de la ciudad. Cañas, que ejerce entre sus muchas aficiones como cofrade del pez, lo tuvo claro: unió la sutil línea de puntos (cocina, Logroño, peces) y preparó en consecuencia un pincho llamado Bernabé (la originalidad no es su fuerte). Que recogió generalizados aplausos entre quienes lo cataron y animó al colega Sergio Moreno a peregrinar a La Grajera, detenerse ante los fogones de Cañas y guisar el reportaje que el improbable lector puede catar en este enlace y vislumbrar en esta foto. Y como estas líneas iban de eso, de pinchos, me parece de justicia rematarlas con ese bocado que lleva el nombre del patrón pero a quien yo me permito bautizar a mi bola: el pincho de Lorenzo. Y me marcho: que me tengo que poner mi sombrero para descubrirme ante Cañas.

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Clarete, por favor

Cartel a la entrada de San Asensio, tierra del clarete

 

Qué hermosa palabra es clarete. Un riojanismo del que sentirse orgulloso. Clarete. Oyes pronunciar a tu vera esas tres sílabas y ya dan ganas de pedirte un vino. Una voz incomparablemente mejor que rosado, dónde va usted a parar. Clarete además posee alguna reminiscencia extranjerizante, que nos deposita en el país de Dickens y Conan-Doyle. Sus héroes solían pedirse una jarra de claret mientras avanzaban en esas peripecias de ficción, tan a menudo preferibles a la vida real. Claret, en efecto, se tomaba Sherlock (entre pipa de nicotina y trallazo de morfina) luego de cavilar por entre las nieblas de Londres. Claret, por supuesto, se pedían los personajes del Club Pickwick, un trago muy adecuado para avanzar en su fatigosa tarea de observadores de la naturaleza humana. Que eso somos nosotros cuando nos convertimos en parroquianos del Sebas, El Soldado o el Soriano: vigías de nuestros semejantes, vaso de clarete en mano.

Acepte el improbable lector esta digresión, que viene a cuento de una reciente invitación formulada por un conspicuo corresponsal, quien me animaba a extenderme en mis propios avatares como incondicional de este vino tan genuinamente riojano. Una palabra que juzgo en retirada cuyo anacronismo creciente tiene su encanto: a mí me divierte ingresar en un bar atendido por camareros recién superado el acné y pedir que me sirvan un clarete. Su cara de desconcierto explica muy bien lo mal que estamos en algunos usos y varias costumbres. No hace demasiado una de estas camareras, casi impúber, tuvo que reclamar la ayuda de su jefe: luego de un interrogatorio al alimón, al fin entendieron qué quería tomar y accedieron a servirme un clarete. De Cordovín, por cierto. Rosados abstenerse.

De qué hablamos por lo tanto cuando hablamos de clarete. Acude en mi auxilio el mago Abel Mendoza, el hechicero que proporciona vinos tan magníficos como su generosa sabiduría. “El auténtico clarete”, aclara el mago vinatero desde su guarida en la Sonsierra, “se hacía en San Asensio”. “Era un vino que fue muy popular en los años 70, con un color cebolla muy característico, aunque luego la fama se la llevó Cordovín”, añade. Vinos sangrados en el lagar, habitualmente a partir de uvas tinta de variedad garnacha, que algunos elaboradores mezclaban a veces con blanca (viura, sobre todo). Con el paso del tiempo, recuerda Mendoza, “en Rioja se fue tendiendo hacia otro tipo de elaboraciones, buscando un color más propio de los vinos provenzales”. Y ese vino clarete se convirtió en otra cosa: se convirtió en rosado, “como todos esos vinos catalanes que empezaron a proliferar, con colores más rojizos, rosáceos”. De modo que se ha ido, en efecto, perdiendo la esencia de aquellos claretes, cuya desaparición no deja Mendoza de lamentar. Y se apunta, desde luego, a su reivindicación: “Yo estoy a favor de dignificar el trabajo del viticultor y de todo lo que suponga apostar por los elementos distintivos. De todo aquello que diferencie al Rioja”.

Una lección bien aprendida en otros pagos, no lejanos. Navarra sí que apostó por su rosado, los castellanos viejos otro tanto por el de Cigales y hoy los claretes riojanos sufren una competencia cruel. Doblemente cruel. Porque nuestros vinos ni siquiera pueden llamarse por ese nombre (la nomenclatura clarete está taxativamente prohibida: legalmente, debe emplearse la voz rosado) y porque en calidad nada tienen que envidiar a sus mentados hermanos. Más bien al contrario: algunos de estos vinos en algo recuerdan a otros miembros de su familia, los Bandol que elaboran en la Provenza francesa y que, como es norma en el país vecino, se tarifan a precios que revelan su auténtica estatura. Nada que ver, por lo tanto, con las prácticas tan desdichadamente habituales en la DOC Rioja, donde tan a menudo se confunde valor y precio. (Veáse, por ejemplo, lo que cuenta por aquí el señor Luis Gutiérrez, el enviado por Robert Parker para habitar entre nosotros).

De donde se deduce que en materia vinícola, como en tantos otros ámbitos, en La Rioja podemos avanzar hasta el infinito, porque partimos desde muy lejos. En estos tiempos de búsqueda permanente de la diferenciación, el clarete debería tener sus mejores aliados entre los riojanos, es decir, entre bodegueros y clientes potenciales. Deberíamos ser los abanderados de la diversidad. Pero ocurre a menudo lo contrario; nos sometemos con gusto a la dictadura de la globalización que todo lo uniforma, y el rico acervo cultural (cultural en todos los sentidos, no sólo lingüístico: el vino es sobre todo cultura, y milenaria además) que distingue a cada territorio tiende a perderse. O al menos a desnaturalizarse: cuando en una barra de Logroño se quedan estupefactos, como si hablaras suajili, si tienen que servirte un clarete es que algo se ha estado haciendo mal desde hace demasiado tiempo.

¿Se puede corregir el error? Lo dudo. El viento de la corrección vinícola impone sus propias reglas con tal potencia que se lleva por delante incluso lo más íntimo. El amor hacia lo propio, que amenaza con ver convertidos a los incondicionales del clarete en una especie de habitantes de la aldea gala de Asterix y compañía. Lo cual, bien pensado, tiene sus ventajas: porque aquellos galos resistieron. Y resistir equivale a triunfar. Así que como ellos deberíamos resistir quienes nos negamos a sucumbir a esta moda que incluso nos obliga a dejar de llamar clarete al clarete. El mismo vino que por San Asensio lanzan al aire en su singular y masiva Batalla veraniega. Un acontecimiento que podría tener un estupendo compañero de viaje, un complemento algo más prosaico: la reivindicación de los grandes vinos claretes que han alumbrado por ese rincón de La Rioja desde siempre. Un clarete de calidad, que acabaría con tanta confusión terminológica y apuntaría directamente al corazón de todo vino: al pueblo. Clarete, un vino de pueblo: lo regalo como eslogan si algún intrépido se arrima por aquí y se anima a secundarme. Y para el resto, para quienes habitamos a este otro lado de la barra, dejo otro consejo: que sigamos pidiendo clarete. Aunque a cualquier camarero barbilampiño le lleve una eternidad despacharlo.

 

Bodegón riojano, en Bodega Guillermo de Cuzcurrita. Foto del autor

 

P.D. Para quienes estén interesados en participar de estas disquisiciones, les recomiendo el artículo que dejó escrito en Diario LA RIOJA el experto Pepe Hidalgo, quien alcanza conclusiones más o menos similares a las arriba expuestas, aunque adornadas en su caso con las virtudes de su docto magisterio.  Y para situar el debate en términos más prosaicos, añado la imagen situada sobre este último párrafo, capturada recientemente en la celebérrima Bodega Guillermo de Cuzcurrita, a cuya cortesía me abandoné bien pertrechado de la botella que aparece integrando ese bodegón tan riojano. Botella de clarete, por supuesto. Y de lágrima, como nos avisó el propio patrón de ese ejemplar negocio. Un néctar.

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Bares y fútbol: la chistorra de Varea y otras historias

Un grupo de incondicionales, en el bar del Municipal de Varea

 

Uno se recuerda a sí mismo sin graves dificultades para refrescar la memoria haciendo fila en el bar del Mundial 82 para ver si combatía el frío matinal de cualquier domingo con un cafelito, el mismo que reclamaban otros estómagos vecinos, igualmente ahítos de confort en el intermedio de un Logroñés B-Artajonés, por ejemplo: el peor partido que he visto en mi vida (y eso es mucho decir en mi caso: incluye por ejemplo al Real Madrid de Mourinho). Tal vez lo que demandaba mi gélido espíritu era una cariñosa mano de caldo, que también lo procuraban en aquel ambigú, cuya plancha alcanzó por cierto elevada fama. Aunque me sigo viendo como digo en aquella breve barra, algún detalle se me pasa. Es lo que ocurre con las cosas sucedidas hace tantas glaciaciones: que lo superficial se diluye pero lo esencial sobrevive. De hecho, me veo incluso de alevín en alguno de los múltiples bares del viejo Las Gaunas pidiendo un vaso de kaskol, pócima que supongo desaparecida. Que refrescaba lo suyo y además garantizaba un inmediato movimiento de tripas.

Pero esa es otra historia.

Viene a cuento esta digresión a que hace unas mañanas se dejó caer junto a esta pantalla el infatigable compañero Iñaki García, de quien el improbable lector tal vez todo lo desconozca. Se lo presento: García, ejemplar reportero todoterreno, se ha especializado, dentro del área de deportes de esta casa que con tanta paciencia nos acoge a ambos, en la cobertura del fútbol menor. El que se desarrolla por los campos de Preferente o Tercera. El fútbol de siempre, donde me cuentan que aún huele a linimento reflex y donde nadie conoce a Guardiola. Del mentado Mundial 82 al Municipal de Varea, pasando por La Isla, el Marino Sáenz Andollo de Alberite o el San Roque de Agoncillo, García se ocupa en comandita con otro gran colega, Sergio Martínez, de contar a los lectores de Diario LA RIOJA qué se cuece por los dominios del fútbol castizo.

Lo cual incluye no sólo el relato del puntapié de turno, la zancadilla puntual y el gol al filo del reglamento. También incorpora la obligación de algún tentempié, por supuesto. El cafelito reparador, el reconfortante caldo de hueso de jamón (o avecrem), la merienda si procede, el inevitable almuerzo o el carajillo allí donde resista: un completo menú de bocados y tragos, que ayudan a sobrellevar espectáculos que, la verdad, quedan bastante lejos de los recitales de Messi y compañía. A falta de glamur futbolero, bocadillo de chistorra: ese manjar sirven en Varea y hacia allí peregrinan García o Martínez según el calendario que les programen sus adorados jefes cada fin de semana. Fútbol y bares: no se me ocurre una alianza mejor.

De modo que un buen día pedí al incombustible García que resumiera sus andanzas hosteleras por esos campos cañís y esto me cuenta. Atentos, que hay recuerdos comunes. “Uno de mis primeros recuerdos relacionados con el mundo del fútbol es el bocadillo de chistorra del Mundial’82”, explica. “Ese olor que llegaba a mis fosas nasales nada más entrar por la puerta no se me olvidará nunca y la imagen de las largas tiras de choricillo llenando una gran sartén con aceite, tampoco. Los ‘fabricantes’ de aquella ‘obra de arte’ para el gusto ya no llevan el bar de las esas instalaciones, pero allí, como en muchos otros campos de fútbol, se siguen elaborando bocadillos para que, sobre todo en invierno, el encuentro tenga un aliciente más”.

Segunda etapa. “La siguiente vez que la chistorra se cruzó en mi vida acompañada por el fútbol fue en Varea, donde la tradición no se ha perdido”, nos cuenta. “Ya sea con el primer equipo, con el juvenil o con cualquier otro conjunto, el bar del Municipal del barrio logroñés aparece siempre lleno tanto antes de empezar el partido como en el descanso. Además del suculento choricillo (me encanta, por si no se ha notado) el surtido de ‘bocatas’ incluye también otros sabores como tortilla, panceta o sardinilla”. “Y es que la comida y el fútbol siempre han ido de la mano. Aún recuerdo los bocadillos que me preparaba mi madre cuando iba a ver jugar al Logroñés a Las Gaunas (ahora cuando juega la Sociedad por la noche también se venden en el bar del campo) o, conforme iba cumpliendo años, las bolsas de pipas que me metía entre pecho de espalda (actualmente, en muchas gradas están prohibidas)”. Vamos concluyendo. “Afortunadamente”, se felicita nuestro hombre, “esa tradición, la del ‘bocata’, la puedo mantener ahora en la mayoría de los campos de La Rioja porque prácticamente en todos los bares venden bocadillos. En La Ribera, en El Salvador o en La Estrella. En todos tienen a disposición de sus clientes especialidades para comer, merendar o cenar (dependiendo de la hora a la que sea el partido). Incluso en la instalación deportiva situada junto al hospital San Pedro se puede degustar un ‘Cala’ de queso, huevo y bacon que hace más llevadera la tarde para los aficionados de los de Escolapios si su equipo no logra la victoria”.

Capítulo final, para chuparse los dedos. “Mención aparte merecen la plancha del Ángel de Vicente por la que pasan a lo largo del año cientos de tiras de panceta y trozos de choricillo o la parrilla que en San Roque ponen al fuego cuando el encuentro del Agoncillo se juega a una hora en la que el cuerpo pide bocadillos. La Isla o el Oion Arena también ofrecen suficientes opciones para calmar el hambre de los presentes”. Coda postrera. “Por último, es necesario hablar de Pradoviejo. Por allí pasan cada día una cantidad mayúscula de niños y adultos y, para satisfacer todos los paladares, la barra tiene que ser muy amplia, como así ocurre. Además de bocadillos, los que allí acuden pueden elegir entre muchísimos pinchos y especialidades, entre las que destacan, por lo menos para mi gusto, los morritos”.

¿Resumen, amigo García? “Así el fútbol se vive mejor”.

Tome usted nota, improbable lector. Y añada a continuación otras ocurrencias perpetradas por un caballero que alguna vez también deambuló por el fútbol de Tercera y hermanos menores pero que hoy se ocupa de la llamada división de bronce: Sergio Moreno, a quien apodan El Radionauta desde que narra por la radio futbolera de Diario LA RIOJA los avatares de la Unión Deportiva Logroñés, allega su propia ración de bares bizarros descubiertos por la geografía nacional. Un resumen suculento, fronterizo con la literatura surrealista:

Tafalla (estadio San Francisco). “Un bar extraordinario: para entrar al bar del estadio hay que salir del campo, mostrando tu entrada para volver a entrar. A nadie se le ha ocurrido abrir una puerta directa. Y pone tortillas y tal. Pero todos deseamos las meriendas de los socios veteranos que ocupan sus mesas, rumian sus meriendas preparadas en casa, juegan a las cartas y de vez en cuando miran al fútbol por la ventana”.

Somozas (estadio: Complejo Alcalde Manuel Candocia, que murió hace poco, le dio un infarto en el campo celebrando un gol del Somozas). “Donde no hay bar siendo unas instalaciones modestas, proporcionadas a esta aldea coruñesa y nuevas. Pero no hace falta bar: los señores te reciben con un café; y ellas interrumpen la narración para que mojes sus pastas caseras en el café de pota”.

Sevilla (Nervión, donde juega el filial). “Entre Dos Hermanas y la nada, en medio de una autovía, junio, 12.45 horas, y en el bar no tienen agua fría, tampoco del tiempo. No tenían agua en el junio sevillano”. Interesados, en este enlace.

Formentera (estadio San Francesc). “No sé si hay bar. Pero te recibe el olor a parrilla. Resulta que junto al palco de la directiva, un mendas se dedica a poner todo sobre la brasa. El campo es pequeño, se mueve poco el viento en esa isla (al menos ese día) y el olor a carne a la brasa lo llena todo. Se juega entre olores a rica carne a la brasa. Que no probé, porque me obligáis a hacer la radio y claro, con la boca llena no se puede hablar.

Gernika (Urbieta). “El puto paraíso”. (Nota: Moreno es así de directo, muy crudo). “Es una instalación muy chula, un camino en la margen de un río, con arbolitos a los lados, te conduce a estas instalaciones repletas de vida. Rugby y fútbol conviven en dos terrenos de juegos bien diferenciados. Y en medio, cómo no, un bar. Más que un bar, un asador de chuletones que alucinas. Se juega los sábados, y mientras estás narrando te llega el olor de la grasilla de las chuletas de vaca que comienzan a coger color para cuando acabe el asunto disfrutarlo la directiva, los jugadores… Menos yo”. (Ahora viene un dislate muy suyo). “Que como me hacéis escribir unas cuantas páginas pues tampoco puedo sacar partido de este maravilloso lugar en medio de la Reserva de la Biosfera de Urdaibai. Suele haber niebla, lo que permite que el olor no suba y todos esos olores se concentren en la instalación para goce de todos, salvo de los jugadores, imagino”.

Gijón (Mareo). “Es de una genialidad absoluta. En Mareo, para ver el partido, tienes que pagar, lógicamente. Pero si no quieres, pues al menos puedes disfrutar del bar que antecede a la entrada al campo principal de los 8 que dispone esta mítica instalación. Un bar donde hay bocadillos de tortilla de chorizo que quitan el sentido, también el lomo rebozado que por Asturias gusta mucho (siempre rebozado, como el cachopo de ternera). Pero lo mejor es que en el bar suele estar (las tres veces que he ido así ha pasado) Quini, y puedes desayunar con una leyenda del fútbol nacional. Lo ves ahí sentado, o de pie, charlando con todo el mundo, siempre recibiendo a todas las personas con mucha amabilidad, que le piden fotos, y un café, y un bocadillo, claro”.

Guijuelo. “Es un caso curioso. En Guijuelo no se puede comer buen jamón. Lo he intentado varias veces. Una vez la loncha de jamón dentro del bocadillo era tan gorda que casi, pese a mi juventud, debo acudir a un dentista. La segunda vez, estaba tan salado que fue imposible acabar con el asunto, y la tercera vez… pedí lomo. En la plaza del pueblo, donde jamás hay vermús los domingos. Los bares cierran o están vacíos. Es un pueblo fantasma con mucho dinero y sin buen jamón que echarle a la boca. Será que lo venden todo”.

P.D. Ah, el Mundial 82 y su plancha, patrimonio de la humanidad logroñesa. Ah, La Isla, donde de vez en cuando algún socio del Berceo se apiadaba del plumilla de guardia y le invitaba a una consumición en su venerable barra, mientras Luisito manejaba el marcador manual a su leal conveniencia y buen criterio. Loor a tantos y tantos bares futboleros desparramados por la geografía de Logroño y sus confines, a quienes extiendo la invitación que me hace llegar el joven Iñaki García: quien quiera sumar sus propias aportaciones a este menú de barras, ya sabe que esta es su casa. Y que aproveche.

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Diez tapas de Granada para un lector logroñés

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De primero, almejas (o chirlas). e segundo, ceviche. De picoteo, la eterna gilda. De tercero, de cuarto o de quinto plato, hay donde elegir: cachopo, jamón Joselito a cuchillo, caracoles… Vaya apuntando el improbable lector mientras salivea: alcachofas, solomillo, migas… Mil bocadillos, así calientes como fríos. Desde luego que hay donde elegir: esta suculenta relación de manjares nace del ingenio del colega Javi F. Barrera, que cumple su palabra como un caballero y relata a continuación en su blog Cableados los diez pinchos imprescindibles de su Granada: unas líneas para chuparse los dedos.

Que Barrera introduce recordando emocionado sus orígenes riojanos, de manera que se justifique su interés genuino por los tragos y bocados de esta tierra que también por lo tanto es un poco suya. Es un relato sentimental, como sentimental es todo cuanto tenga que ver con nuestras barras favoritas: ahí nos hemos forjado como seres humanos que habitan este planeta que sería muy distinto si no hubiera bares. Y como Barrera pertenece a esa legión de españoles que confiesan que han bebido (y comido) en locales que merecen ser compartidos, pone aquí a disposición de quien esté interesado un prometedor viaje a través de esos diez mandamientos por las tapas granadinas.

Con un aviso. Que ha obviado aquellas delicadas viandas que por las tierras de la Alhambra se regalan, cortesía de la casa. Yo he visitado alguna de esas barras y salí reconfortado por la generosa oferta que se despacha por la cara. Se nutre el periodista Barrera de otras referencias, tan prometedoras que dan ganas de coger el coche y presentarse en el Generalife y alrededores para catar sus sugerencias.

Que, por otro lado, Barrera sirve con la clase habitual. Su estilo ameno y desenfadado, su prosa sutil, que le tienen ganada fama entre sus lectores y que ahora se ponen al servicio de quien habite al otro lado de esta pantalla. Yo, si sirve de algo mi sugerencia, se lo recomiendo vivamente: que lean las cosas que publica en el diario hermano Ideal, que le sigan por el éter a través de su activa presencia en el mundo digital y que se desayunen, para empezar, con esta entrada que ha tenido la deferencia de recopilar para este blog, que ya es un poco suyo.

Y concluyo. Concluyo con un común ñamñam como saludo a Barrera. Otro ñamñam para los lectores hermanados ahora entre La Rioja y Granada y un ñamñam final: prometemos desempatar en Donosti. A ver quién tiene los diez pinchos mejores.

P.D. Otra posibilidad que se me ocurre a bote pronto es crear una especie de liga española de las mejores tapas. Es una ocurrencia que a Barrera le seduce: empezaríamos por territorio Vocento. Santander, Málaga, Valladolid, Badajoz, Valencia, Murcia, Madrid… Un viaje de diez en diez tapas. Lo dicho. Ñamñam.

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Diez pinchos de Logroño… para un amigo de Granada

Diez tapas de diez bares de Logroño. Fotos de Justo Rodríguez

 

Semanas atrás, a propósito de una entrada que publiqué sobre el concurso que busca por La Rioja la mejor tapa servida en alguno de nuestros venerables bares, el amigo Javi F. Barrera me retó a un duelo incruento a través del éter. El caballero, periodista como quien esto firma, despliega en el diario hermano Ideal de Granada una interesante propuesta informativa llamada Cableados que en algo emparenta con este blog: también procura callejear en cuanto puede. Así que, fruto de su intuición, el autor de Cableados me planteaba un desafío: que publicara una nueva pieza donde proporcionara al improbable lector, e hipotético turista granadino, una serie de pistas para deambular por los bares de Logroño atacando sus pinchos más beneméritos.

Luego de darle alguna vuelta al asunto y compartir confidencias con el colega Barrera, acordamos cuanto sigue: que, en efecto, publicaría en este blog un artículo como el que ahora perpetro. Algo así como mis diez pinchos favoritos de Logroño. Mejor dicho, aquellos diez más celebres. Los indispensables, más o menos. No porque a mí me lo parezcan, sino porque observo a su alrededor un acabado consenso. Esos diez pinchos que, nos gusten más o nos gusten menos, son los que concitan cierta unanimidad, nunca absoluta. Afortunadamente. A esta pieza responderá el amigo Barrera con otra semejante, aunque ya me advierte de lo siguiente: que eliminará de ella las diez tapas que, como es saludable norma en la patria de Boabdil, ofrecen de regalo los bares granadinos. No: las que proponga la próxima semana serán aquellas que, como éstas que aquí se incluyen, serían las que un logroñés de visita por los alrededores de la Alhambra debería catar inexcusablemente si quiere forjarse una idea cabal de las habilidades culinarias de los bares granadinos.

Así que manos a la obra. Tras consultarlo con la almohada, y con algunas opiniones expertas, lanzo en esta apresurada relación diez pistas, que no solo se destinan a saciar la curiosidad del potencial público, sino a estimular el apetitito de quienes lo lean un día de éstos por Granada. Si además luego se animan dejarse caer por Logroño y comprobar por sí mismos lo atinado (o no) de mis recomendaciones, doblemente agradecido: por haberme leído y por hacerme caso. De modo que oído cocina, en riguroso orden alfabético, con todos ustedes. Dos puntos:

 

Bravas del Jubera

 

1. Bravas. Las del Jubera. Las hay por doquier repartidas en formato cazuelilla por todo el mapa logroñés, pero como ya advirtieron los lectores de este blog (y ellos no pueden equivocarse): las mejores patatas bravas se sirven en esta acreditada casa de la calle Laurel, antes bautizada como La Mejillonera (yo la sigo llamando así). Despachadas como le gustan a un servidor: con simpatía. Con mucha simpatía. Crujientes por fuera, mullidas por dentro, justas de picante y tarifadas a precios de antes del euro. Gloria bendita: santo y seña de Logroño. (Jubera, calle Laurel 18)

 

Bocata de calamares del Torres

 

2. Calamares. En raciones o en bocadillo, los amigos calamares alegran la ingesta de vino con tanta tenacidad como adaptación al ecosistema culinario-hostelero. Quiere decirse que entre pan y pan alcanza su mejor encarnación en el Torres de la calle San Juan, porque sus ideólogos tienen la buena idea de servirlo con una ejemplar salsa alioli sobre la que evito todo comentario: hay que probarlos. Estupendo el punto de fritura, mercancía de primera clase y modélico el servicio: hay otros calamares, pero no son los del Torres. (Bar Torres, calle San Juan 31)

 

Bar Soriano

 

3. Champi. Sí, también hay otros champis que no factura el Soriano de la Laurel (de su travesía, más exactamente) pero estos bocados han alcanzado justa fama por vaya usted a saber qué razón. Lo encantador del bar, por ejemplo, minúsculo espacio que atesora un atractivo insondable no sólo para el indígena, sino también para el forastero, allá penas si no sabe comerse el pincho como debería ser norma. De un bocado, qué importa si lo sirven abrasando y qué más da si la suculenta salsilla se derrama por la pechera. Con gamba o sin ella, el Soriano es mucho Soriano. (Bar Soriano, Travesía de Laurel 2)

 

Ensalada de El Soldado de Tudelilla

 

4. Ensalada de tomate. ¿Una ensalada es una tapa? Respuesta: sí. Sí… si la sirve el gran Manolo desde El Soldado de Tudelilla. No debemos llevarle la contraria porque amenazaría con contarnos un chiste. Y no, Manolo. No. Preferimos que saques del fregadero esos misteriosos tomates que siempre están maduros, los partas a la velocidad del rayo y les añadas a sus compañeras de viaje (gloriosa cebolla, jugosas aceitunas) antes de propinar el golpe genial. El toque maestro: sal, aceite y vinagre. Con el ingrediente fundamental: amor. Mucho amor. (El Soldado de Tudelilla, calle San Agustín 33)

 

Miguel, en la barra de La Hez

 

5. Gilda. Igual que el señor Fleming inventó la penicilina medio por descuido, nuestro inventor particular (Miguel le llaman) apareció un día por su bar de la Laurel (Sierra La Hez: con perdón) garrafón en ristre. Se le había echado a perder el vino que guardaba en casa pero una cata de urgencia confirmó el milagro: ese vinagre era un manjar de dioses, sólo apto para estómagos indómitos. Con ese néctar riega sus banderillas, concediendo un mimo especial a la amiga gilda, pincho tradicional que siempre admite reinvenciones. Finolis abstenerse. (Bar Sierra La Hez, Travesía de Laurel 1)

 

Alfonso y Elena, en su Mesón

 

6. Morros. Qué morros tienes, Alfonso: desde tu mesón de la calle Villegas despachas esta golosina marginada por lo culinariamente correcto, que depara grandes niveles de colesterol pero también inolvidables alegrías a quien los cata. Porque qué tienen tus morros, amigo Alfonso, que los hace iniguables. Será esa materia prima sin tacha, procedente de animales de toda garantía. o ese especiado mágico que afina su sabor. Aunque más me malicio que sea culpable de semejante placer la mano experta que en la cocina le procura un cariño sin igual. (Mesón Alfonso, calle Villegas 31)

 

Orejita del Perchas

 

7. Orejitas. El amigo granadino que viaje hasta Logroño deberá ser todo oídos: así está garantizado que sacie su curiosidad atacando la ración de orejas que propone el Perchas. Claro que el bar antiguo proponía una decoración vintage, con su banderín del Atlético de Madrid, que añadía un encanto bizarro a la ingesta de semejante bocado pero en su actual formato esa orejita rebozada asegura lo mismo que aseguraba su hermana mayor: un delicado aterrizaje en la panza, luego de mordisquear las sutiles membranas y confirmar lo tantas veces sabido. Que hay otras orejas, pero están en éstas. (Bar Perchas, Travesía de Laurel 3)

 

Un tigre del Cinco Pesos

 

8. Tigre. Dícese del selvático animal de piel pintarrajeada que tanto aporta al recetario clásico español. Porque en formato mejillón, adopta en efecto las características de esa fiera, una ingeniosa denominación que se despacha desde el Cinco Pesos según una receta personal e intrasferible. Como la fórmula de la Coca Cola. El discreto empanado, un leve embozo que multiplica las propiedades de esa jugosa carne mejillonera, administrada en esta casa con la sabiduría que proporciona saber el punto exacto de picante. Una textura memorable, que se recomienda degustar de dos en dos. (Bar Cinco Pesos, República Argentina 27)

 

Brindando en el Lorenzo

 

9. Tío Agus. Hablando de fórmulas secretas: en qué jugosa salsa se envuelve el bocatita denominado Tío Agus, que despachan por cientos, por miles, desde el Lorenzo. Se ignora, desde luego: sus custodios, alquimistas de este delicioso manjar que tiene cautivada a su clientela. Algo sí sabemos. Que se factura según la receta de la abuela Damiana, matriarca de la familia de reconocida pericia en los fogones, y que el condimento sirve para realzar las virtudes intrínsecas de la estupenda materia prima del bocata: lomo (“de parte trasera”, como matizan sus ideólogos). Que aproveche. (Mesón Lorenzo, Travesía de Laurel 4)

 

Juan, en la puerta del Sebas

 

10. Tortilla de patata. La del Sebas. Por supuesto, las hay de todos los gustos repartidas por el mapa del Logroño hostelero, pero la del Sebas añade atractivos adicionales. No es el menor de ellos observar cómo la mercancía viaja hacia el nivel de la calle desde el piso superior que aloja la cocina, a través de ese discreto montacargas que pertenece al imaginario propio de todo logroñés. Pero es que cuando la parroquia ataca el pincho comprueba que aquí todo está en su sitio: la perfecta carta de vinos acompaña la cata de un jugoso bocado, sutilmente deconstruido desde el siglo anterior al nacimiento de Ferrán Adrià. La tortilla que se deshace en la boca. (Bar Sebas, calle Albornoz 3)

P. D. El suculento duelo que aquí protagonizaremos está destinado a acabar en empate, porque de momento es un pugilato virtual. Salvo que alguien (los perpetradores de este experimento, por ejemplo) se animen a una cata en ambas ciudades protagonistas del experimento y puntúen la veintena de recomendaciones. Para lo cual, en todo caso, habrá que esperar: la próxima semana nos responderá Javi Barrera desde Granada. A ver qué nos ofrece, que promete ser jugoso. Aunque tal vez no tanto como la idea que le ronda la cabeza: desempatar un siglo de éstos en la otra ciudad que tan bien conoce, Donosti. Me pongo en sus manos.

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Dos veces doble

Interior de la cervecería El Doble. Foto de la web Bacomanía

 

Algún corresponsal de este blog me sugería hace semanas, a partir de algún comentario sobre la pujante escena de bares que aloja la madrileña calle Ponzano, que le dedicara una entrada para glosarla en exclusiva. Así que con esa recomendación azotándome el hipotálamo regresé días atrás por la mencionada calle y alrededores, que forman una adictiva panoplia de locales. Una malla muy rica en diversas tipologías, lo cual añade un elevado interés a la trasiega por sus barras, puesto que el cliente tiene donde elegir: desde el garito de toda la vida a la anciana taberna; desde el bar a la madrileña en plan tasca, hasta lo último de lo último en gastrobares. Anote el improbable lector otros atractivos: por ejemplo, que a diferencia de otras zonas de Madrid tomadas por el turismo, lo cual genera alguna incomodidad por lo atestado de los bares y las exorbitantes hojas de precios, Ponzano tiene algo de isla. Un oasis. Bares para los indígenas: héte aquí un eslogan que resume el encanto de esta zona. Que además, y ese es otro aliciente, pilla muy a mano. En el corazón del foro.

Así que este blog se marcha de nuevo de excursión. Y se marcha de nuevo a Madrid. ¿De qué bares hablamos cuando hablamos de Ponzano? En realidad, de una baraja de ellos muy recomendables. Porque, como mencionaba arriba, su oferta es poliédrica y panorámica, lo cual garantiza alta actividad en dos horas puntas del día: la del aperitivo, que se despacha al estilo madrileño (esto es, vermú largo: dícese del que se prolonga hasta bien entrada… la tarde) y la nocturna. Esa franja que se edifica a partir de las ocho y aquí dura hasta la medianoche, cuando la marea humana (ojo: hablamos de auténticas muchedumbres) se disgrega en busca de prolongar la ingesta o de regreso al hogar. La calle central, la citada Ponzano, y las aledañas (Bretón, Espronceda, Alonso Cano) ofrecen durante esos dos tramos horarios (sobre todo, en fin de semana) un aspecto formidable, con algunos hitos que no renuncio a mencionar.

Por ejemplo, La Máquina, una de las franquicias de mayor rango capitalino, donde se ofrece un picoteo lejanamente inspirado en el recetario asturiano que convoca diariamente ante su barra a una multitud. Difícil hacerse un hueco. O La Malquerida, reluciente local también propicio para el tapeo, que obsequia como el resto de sus hermanos con la típica cazuelita de regalo tan propia de Madrid. Más referencias: Fide (con su estupenda batería de latas, esas suculentas conservas de lujo), la taberna de Alipio Ramos (inexcusable visita, aunque sólo esa por su espíritu tan bizarro) o Sala de Despiece, minúsculo establecimiento donde resulta habitual topar con el personal haciendo fila a sus puertas, deseando hacerse con alguna de sus golosinas.

 

Interior de El Doble, en la esquina de Ponzano con Abascal. Foto de Mahou

 

En esta relación de urgencia se deberá anotar también Casa Tino, Pinzano o La Parroquia, por citar unos cuantos casos más. Pero si debo confesar mi favorito, no tengo dudas: El Doble. Castiza cervecería que lo tiene todo para enamorarme, en su doble versión. Por que hay dos bares llamados El Doble en la misma calle. La más humilde en tamaño, hermana mayor por antigüedad de la breve familia de locales, es mi favorita: se aloja en la misma Ponzano, en el tramo cercano a Ríos Rosas, y encierra una saludable promesa de tragos reconfortantes y bocados cañís. Entre los primeros, como es natural en cualquier garito de la capital, la caña, extraordinariamente bien tirada por supuesto; entre los segundos, esos platillos de boquerones tan vinculados al imaginario hostelero-madrileño, ofrecidos entre una sinfonía de piezas de marisco tarifadas a precios contenidos.

Tantos los acreditados tragos como los bocados fetén se despachan además con ese tipo de profesionalidad tan cara a los bares de siempre: una magistral coreografía ejecutada por el equipo de camareros que barren todo el frente de barra sin inmutarse, allá penas si no cabe nadie más en el minúsculo pero encantador espacio: ellos nunca se alteran. Un monumento a la eficacia. Con una mano sirven, con otra recogen y con su sexto sentido te allegan la tapa cortesía de la casa, mientras ejecutan tan sabia representación de su oficio (que antes no era tan rara) sin una mala cara. Sin un error mientras facturan la cuenta ni equivocarse con las vueltas. Y sin tomarse jamás esa confianzas muy propias por el contrario entre tantos y tantos presuntos colegas de profesión. Que algo deberían aprender en esta universidad llamada El Doble.

Cuya hermana pequeña se ubica un par de manzanas más allá, esquina con Abascal. Es un local más amplio, que allega otra diferencia: mientras El Doble primitivo decora sus muros con imágenes de tipología taurina, en este otro local (como el anterior, invadido de suyo por una clientela tan fiel como festiva) domina ese tipo de decoración que a uno tanto le cautiva. Ergo, fotos. Fotos, fotos y más fotos del dueño del establecimiento y sus camareros con famosos de todo pelo, categoría donde militan desde esos cantantes que mejor harían en cerrar algún día su boca hasta esas caras que tanto nos suenan pero no sabemos identificar, pasando por futbolistas ya superados sus días de gloria y actores tipo Jimmy Barnatán, que parecen haber nacido para hacerse fotos por los bares de Madrid.

De modo que, como se deduce, ambas versiones de El Doble y resto de cofrades en la hermandad de Ponzano y su entorno lo tienen todo para seducir al cliente más exigente. Hasta el punto de que algún vecino se confiesa alarmado ante el proceso de gentrificación que vive el barrio, fruto del éxito que le distingue como zona de ocio. Pero es un ocio tranquilo, muy llevadero. Dominado por la clase de éxito que ejerce como imán para quienes tengan en este tipo de pasatiempo (ir de bares) su entretenimiento predilecto. Hasta que una nueva tendencia llegue a la ciudad y se lleve a los curiosos hacia otras calles y otros bares. Cuando eso suceda, en ésta o en la siguiente glaciación, tenga usted la seguridad de que algunos locales perecerán pero que entre ellos no estará El Doble. Que resistirá, porque es un bar de los de antes. Un clásico. Y lo clásico, ya se sabe: es aquello que nunca se pasa de moda.

P.D. Apunto a continuación un enlace a otro blog donde se relata la biografía de El Doble y animo a quienes estén interesados a no limitar sus paseos por Ponzano a las rondas de vinos o cañas con el siguiente aviso: aquí también se desperdigan unas estupendas casas de comidas. Donde se come por cierto muy bien, a tarifas comedidas, con esa misma peculiaridad arriba mentada: que hay ofertas para todos los gustos. Desde lo muy pijo a lo más cañí. Con referencias autóctonas y presencia de cocinas de otros mundos. Por ejemplo, Italia. Representada en la calle Ríos Rosas esquina a Modesto Lafuente por Mercato Italiano, negocio que es un poco de todo: tienda de barrio, cafetería, charcutería, quesería y embajada oficiosa del país de Raffaella Carrà, donde también se puede degustar sentado algunos de esos platos que elaboran para llevar a casa. Con el aliciente de que si coincides con uno de sus habituales, Carlos Boyero, puedes criticar con él la última película de Almodóvar mientras te zampas una ración de mortadela de Bolonia.

 

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